30 centímetros

Pasamos dos horas explorando una tienda erótica en zona universitaria, en parte por curiosidad y en parte como un reto periodístico. Todos los hechos que se relatan son reales.

Está una señora que aparca en doble fila. Que se baja de su Nissan tres puertas azul y se dirige a la tienda frente a la que ha dejado el coche, aunque no totalmente enfrente, un poco más adelantado. Allí, pide lo que ha ido a buscar y espera hasta que la dependienta deja ocho productos encima del mostrador. Todos son ‘varillas’ de plástico –que podrían pasar por varitas de Harry Potter si no fuese por la curvatura, bastante pronunciada e inusual en las varitas mágicas, que presentan– y miden unos 30 centímetros. Unas están atravesadas por bolas de diferentes tamaños; otras, son lisas y las de más allá más son totalmente cónicas y de cristal. “También tienes tu dilatador anal, porque eso duele al principio”, comenta la dependienta. La mujer va haciendo fotografías con el móvil a todos los productos y al final señala uno morado, el de las bolas de diferentes tamaños y la fotografía de una chica desnuda como reclamo. “¡Que dice que quiere ese!”.

También está Sofía.

Mira, yo le digo a mi jefa: “Esto es vender, ¿no? Pues entonces da igual lo que venda”. Lo peor es cuando viene alguien y te suelta ahí… de sopetón… alguna burrada. Cuando me dicen: “¿Te puedo hablar claramente?” –poniendo voz de hombre y separando mucho las palabras–, ya sé que me van a decir una burrada.

Sofía Martín* tiene 40 años. Cualquiera podría probar a describir cómo es la dependienta de una tienda erótica, y ella no encajaría en nada. Es de estatura mediana, no luce muy delgada pero tampoco es voluminosa, y viste vaqueros, jersey a rayas, pañuelo XXL en el cuello y botas de borreguito en los pies. Va sin maquillar, con el pelo recogido en una coleta en mitad de la nuca. Aunque nunca antes había trabajado en un sitio parecido, ya lleva un año en esta tienda erótica, ‘Sexy dreams’*. Se le presentó la oportunidad y la aprovechó.

“Calla, calla. Anda que la edad a la que me ha tocado descubrir estas cosas…”, dice la señora, mientras fija la mirada en su Whatsapp. No quiere dar su nombre, pero es bastante gruesa, de unos 40 y tantos años, mide un metro sesenta y lleva mechas rubia y un piercing en la nariz. “Hija, si estas cosas están hechas para eso, tú no te preocupes”, la consuela la empleada. “¡Pero si es que quiere el más grande! Y es que la edad que se ha buscado para innovar…”, ríe, contando que tiene dos hijos.

El otro día, por ejemplo, un cliente me pregunta: “Sofi, a ver si ves algo raro en esta foto de un amigo”. Yo no notaba nada. Que tenía la mano vendada, nada más. “¿Se ha caído?”, le dije. Y me contestó: “¿Caído? Que de estar con el huevo ‘raca-raca’…”. Yo sabía que esa semana se habían vendido muchos huevos en la máquina, pero ay… ¡a mí que no me cuenten esas cosas!

“¿Y esto qué es?”. La señora entró con miedo a la tienda, pero es evidente que, conforme pasan los minutos, su confianza aumenta. Hasta Sofía bromearía después con ella sobre eso: “¡Te voy a tener que cobrar yo a ti las clases de hoy!”. Aun así, le contesta: “Es un huevo masturbador, para que así él se masturbe. Pero no con la mano ni con la boca, sino con esto, que se pone en el glande y da una sensación nueva”. “Ay, qué bien, ¿no?”, se emociona la clienta. “Pero ten cuidado, que tengo amigos que se han hecho adictos”, apunta Sofía. “¡EEEH! ¡Que yo para estas cosas soy muy novata! Pero es que es para llevarle un regalo, que no sé qué regalarle y es para el sábado”. “Mmmm… así para hombres… también tengo vaginas, pero para vagina, ¡la tuya!”. “Nononononono, que me tiene a mí muy contenta, nononono, vayamos a que le guste”, se ríe. La señora acaba comprando también el huevo, y, cuando se marcha, Sofía se despide con un “ya me contarás”.

Aquí hay de todo. Yo cuando descubrí esto dije: “Madre mía, la de cosas que hay”. Ahora, por ejemplo, los vibradores para chicas vienen todos con batería en lugar de pilas y van por control remoto, conectados a los ‘smartphones’. Muy fuerte, sí. Y ahora se han puesto de moda los alargadores de pene, un aparato que varios chicos estas navidades se lo han llevado y sale en 150 euros. Te lo pones en la bañera y te duele, ¿eh? Hay que hacerlo todos los días de 15 a 20 minutos. Pero, oye, un chico me ha dicho que le ha crecido dos centímetros, fíjate.

Si cerrásemos los ojos, esta podría ser cualquier otra tienda. Huele bien pero no hay ningún olor fuerte, la voz de Sofía es lenta, tranquila y agradable, hay buena luz y está puesta la radio. Abriéndolos, el estómago del visitante primerizo se encoge rápido. La visión es como la de un hospital. Las fotos de penes erectos y de chicas abiertas de piernas con diferentes aparatos colocados en lo más íntimo están por todas partes, y los artilugios bien podrían ser de una tienda de instrumentos para torturar. Quizá por eso Sofía suele decir que trabaja en una tienda de regalos. Aunque no lo prefiriese a este empleo.                              

Yo aquí hago de terapeuta, de psicóloga… Al principio tenía miedo, ¡a saber quién entraba aquí!, pero al final no he recibido ni una sola mala palabra y he acabado haciendo en un año aquí más amigos que en toda mi vida fuera. Yo me alegro mucho por toda la gente a la que puedo ayudar desde aquí, porque, de verdad, hay gente con muchísimos problemas. Muchos, muchos problemas, y vienen aquí más por eso que por otra cosa. Hace poco vino un señor de 50 años que su mujer le quería satisfacer (sic), pero el problema era que le daba mucho… que no podía, y vino el pobre… Imagínate, le costó la vida entrar aquí y también decírmelo. Y le di un lubricante de sabor y luego volvió a darme la mano, a decirme que muchísimas gracias… A otra chica que se le murió un bebé y desde entonces no tenía apetito, probó una crema estimuladora y luego me llamó llorando: “Sofi, que funciona, qué alegría…”.

‘Sexy dreams’ es el local mítico del barrio, el polo opuesto del Mercadona: uno es el lugar al que todo el mundo va todas las semanas; el otro… es al que nadie se acerca, o al que nadie reconoce acercarse. Es el que provoca coloretes en los estudiantes de primero, por el que pasan corriendo los de segundo, en el que cae algún regalo cuando los alumnos están en tercero y el que miran con vergüenza e interés en cuarto.

“¿Te ayudo en algo?”. “No, sólo quería mirar”. “Vale, vale”. Un chico de unos 19 o 20 años acaba de entrar. Lleva vaqueros y un chaquetón de tres cuartos enorme y beige, entre las manos un paraguas. Tiene el pelo negro, liso y sucio, y de su cara destacan su palidez, unas gafas sin montura y un montón de pequeños granitos. El chaval da varias vueltas por la tienda, quizá esperando a que se despeje el panorama, hasta que se acerca al mostrador a decir que estaba buscando masturbadores. Ella se esfuerza por intentar adivinar a cuáles se refiere, ante la timidez del chico. Después de echar un vistazo a las vaginas, todas supuestas réplicas de las de famosas actrices de cine porno, con o sin pelo artificial, e incluso otros con forma de boca o de ano, el chico escoge una vagina mecánica. 44 euros y adiós a masturbarse manualmente: con pulsar un botón, la máquina hace todo el movimiento necesario. Sofía luego contaría que él lo estaba pasando fatal.

No sabes la de gente que no puede entrar aquí. Vienen sobre todo hombres, pero vienen a comprar casi todo para ella, sí. Yo les digo: “¡Dile a tu mujer que venga! ¡Que lo toque y lo vea y que elija ella!”. Pero ellos dicen que no pueden, que se mueren de vergüenza. Por eso se vende mucho por internet: si tú me llamas y me pides algo está aquí al día siguiente, o también te lo llevan a casa. Bueno, y luego las ventas sobre todo las hago por la máquina expendedora, ¿eh? Yo muchas veces estoy aquí dentro y veo que se paran ahí en las máquinas y compran, y por curiosidad pongo las cámaras a ver cómo es. Y veo que están mirando para todos lados ¡aunque luego están comprando una caja de preservativos!, y se la meten en el abrigo y salen corriendo.

Lo cierto es que la tienda no es para todos los públicos. Y así lo anuncia el cartel de la puerta, siempre ladeado: “Prohibida la entrada a menores de 18 años”. Los productos de dentro explican por qué. En el envase de uno, una chica rubia, con la boca en posición de estar gritando bien fuerte, lleva un cinturón con un varilla metálica larga en el que está insertando un pene muy real –que puede ser de piel blanca, marrón o negra-. El cinturón, que le rodea la cintura, tiene varias hebillas y también le pasa por entre las piernas a modo de cinturón de castidad. Por eso también parece un cacharro de tortura.

Cuando pusieron la tienda, hace cinco años ya, hubo quejas de los vecinos. Yo intento siempre poner en el escaparate cosas no tan… bueno, ninguna chica desnuda ni nada, solo  ropita interior, algún aceite de masaje…

El vestidito que hay siempre en el escaparate, el que cambia todos los días… ¿lo eliges tú? Ese que a veces es un traje de enfermera, o un camisón…

Sí, ¡si aquí sólo trabajo yo! ¿Por qué, te gusta?

Se podría decir que ‘Sexy dreams’ está allí  por casualidad. Ana Domínguez*, su dueña, dirige una cadena de bares con su marido y decidió comprar ese bajo para poner uno más ahí. Hasta que apareció un representante de su actual distribuidor y decidieron dedicar el local a una actividad diferente: una tienda erótica, que no un sex-shop. Estos últimos son conocidos por sus cabinas, chicas bailando y oscuridad, y venden una variedad mucho más amplia de productos, lo que implica muchas más licencias y también un ambiente más incómodo y ‘prohibido’, o así lo creyeron los fundadores de ‘Sexy dreams’. Por eso se decidieron por la tienda erótica. Ahora no se arrepienten de su decisión.

A pesar de estar en pleno campus universitario, yo las ventas no las hago gracias a los estudiantes, sobre todo por el tema económico, vienen con muy poco dinero. Si me vienen es por el tema del cachondeo. “Que tenemos un cumpleaños”, y me vienen 20, y yo: “¡madre mía!”… que es el cumpleaños del profesor… y vienen… pero poco. Alguna estudiante que otra que compra algún vibrador… pero casi todo son siete u ocho en grupo y siempre compran lo típico, para regalar, que si la muñeca hinchable…. ooo son muuuuy… eso, y compran en las máquinas.

Los productos de las tiendas eróticas son en su mayoría para mujeres. Sólo para hombres, en ‘Sexy dreams’ hay masturbadores –huevos y vaginas varios-, artículos anales –de todos los tamaños y formas– o los estranguladores, unas gomas que mantienen el pene erecto, para hombres con problemas de erección. El 90% restante son productos para mujeres –estimuladores de clítoris, lencería, bolas chinas, juguetes varios…– o, claro, para ambos sexos: desde juegos de mesa eróticos a geles, lubricantes, o pastillas estimulantes, ropa interior comestible, anillos vibradores… A pesar de eso, los homosexuales hacen que los artículos masculinos sean los más vendidos.

¿El producto más caro? Uy, hay muñecas hinchables por 3.000 euros… ¡que digo yo que te hará de todo! Y son realistas totalmente, puedes elegir el color que quieras, la actriz porno a la que quieras que se parezca -Teagan Presley, Asa Akira, Riley Steele, o actores como Pierre Fitch o Brent Corrigan-, y vienen por partes, con su vagina, ano y boca que se les pueden quitar para lavarlos… Luego, por el mismo precio, hay una piscina hinchable erótica, con chorros y todo… y mira, aquí tienes lo más caro, no sabía ni que existía: un vibrador de oro de 15.000 euros. Así que dile a tu novio que vaya ahorrando, jaja.

Un chico pasa por allí. Es el tercer cliente en tres cuartos de hora, y eso que es miércoles por la mañana. También dice que sólo quería mirar, pero se acerca al mostrador, curioso por el vibrador de oro, y empieza a imaginar junto a la dependienta y la periodista lo incómodo que deberá ser el aparato. Cuando pide, solicita un ‘gel calor’, de Durex, para su novia, lo que corrobora las palabras de Sofía. “Es que va muy, muy bien”, justifica él. Nunca había comprado aquí pero ha decidido que lo prefiere a pasar un mal rato en un supermercado o una farmacia.

Tú tienes que tomártelo como algo normal. El otro día un chico me decía: “Mira, es que yo soy estudiante… y no tengo…”. Y yo: “¡No me tienes que dar explicaciones! ¡Si las chicas vienen a comprarse vibradores y tienen novio!”. Muchas veces a alguno se le queda algo atrancado en la máquina y ya entran: “Hola, es que, mira, tenía el cumpleaños de un amigo…” y yo: “Síííí veeeeenga, vale”. Y es que no pasa nada, no me tienes que dar explicaciones.

Sofía nunca antes había trabajado en una tienda así. Antes fue jefa de departamento en Blanco, y en años anteriores trabajó en tiendas de ropa de niños o dando clases particulares. Así que ahora el nuevo trabajo le ha pillado un poco desprevenida, y se disculpa constantemente por no haber probado “ni la mitad de productos de la tienda” porque le ha pillado “en una época muy mala”. Por si al cliente le parecen pocas pruebas. Lo mejor es cuando algún amigo o familiar le saca dónde trabaja y, en lugar de extrañarse, se emocionan y le encargan artículos de la tienda. Gente que no se atreve a hablar de sus problemas sexuales con nadie, ni a ir al médico, y entonces no saben cómo solucionarlo. “Por eso yo estoy súper contenta aquí.”, ríe la chica. “¿Quién lo diría, eh? Quién lo diría”.

 

*Los nombres de la empleada, la dueña del local y la tienda han sido modificados por deseo expreso de la dependienta. Las situaciones que se describen en el texto ocurrieron hace meses en una ciudad española, pero por el mismo motivo no se detalla su localización.

Alba Asenjo Written by:

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