Artistas en la era millennial: ¿dónde está el dinero?

¿O deberíamos decir “creativos”? Hablamos con Flavita Banana, Elena Martín, Sergio C. Fanjul y Cala Vento sobre el coste de dedicarse al arte en tiempos precarios.

Hay poca escapatoria: la mayoría de nosotros nacemos, estudiamos, seguimos estudiando, estudiamos más, pasamos por el paro y, con suerte, encontramos trabajo para después retomar el ciclo en alguno de sus puntos vitales. Entre el esquema que vimos ilustrado en nuestro libro de Conocimiento del Medio (nacemos-crecemos-nos reproducimos-morimos) y el monólogo de Trainspotting inscrito en nuestra mente durante la adolescencia, va discurriendo la vida en una dialéctica engañosa entre sumisión y rebeldía hasta que con veintipico nos descubrimos considerando cómo de caro nos podría costar salir de casa sin llaves. Choose life.

Otros, sin embargo, lo tienen aún más difícil. A esta cíclica dicotomía se suma una circunstancia especial: ¿qué pasa cuando lo que quieres hacer y ser en la vida se sale de esos cánones?, ¿qué ocurre cuando tu profesión no aparece en los portales de búsqueda de empleo, cuando ni siquiera puedes dejar tu currículum en una empresa? Todo esto huele a farándula. Como dijo Concha Velasco en uno de sus musicales más célebres: “mamá, compréndeme: quiero ser artista”. De eso se trata.

Flavita Banana, Elena Martín, Sergio C. Fanjul, Aleix Turon y Joan Delgado (Cala Vento) son del linaje de la Velasco, aunque lo ignoren. Desde su propia disciplina, estos jóvenes padecen la crisis económica y sus salvajes consecuencias en el mundo laboral con el agravante de su vocación, lo que les obliga a compaginar trabajos y a exprimir el tiempo de alguna manera hasta alcanzar eso de “poder dedicarse a lo suyo”. La cosa empeora cuando “lo suyo” implica que “lo tuyo” permita pagar una entrada al cine, a un concierto o un libro. Aunque hoy sintamos estos pronombres con un grado ínfimo de posesión, la lucha es antigua, pero el panorama es más nuevo e incierto cada vez.

Nuestra muestra

Flavia Álvarez, viñetista con mucho de narradora del mundo moderno, firma como Flavita Banana sus libros (el último, Las cosas del querer, publicado por Lumen), sus colaboraciones con S Moda, El Salto o Mongolia y también las viñetas que sube a su cuenta de Instagram, donde acumula más de 211.000 adeptos.

Elena Martín ganó en el pasado Festival de cine de Málaga la Biznaga de Plata al Mejor Director y a la Mejor Película –ambas en la sección Zona Zine– por Júlia ist, su primera cinta. Además, en 2015 protagonizó Las amigas de Àgata, otra película laureada, que salió adelante en parte gracias a un crowdfunding.

Sergio C. Fanjul tiene en su haber el Premio de Poesía Pablo García Baena y el Premio Asturias Joven de Poesía. Su último poemario, Pertinaz freelance, no sólo ilustra a la perfección su vida como colaborador de El País y de otras tantas publicaciones (Playground, Vice, El Asombrario o Tribus Ocultas), sino también la de otros muchos que, como él bien describe en su Manifiesto ‘Freelance’, son “modernos, cada vez menos jóvenes e independientes. Freelancers calvos, freelancers jubilados, freelancers con trillizos”.

Foto: ©Liliana López

Aleix Turon y Joan Delgado son Cala Vento. Tras ganar en 2015 el concurso Make Noise de Converse, han pasado por el Primavera Sound, por el SXSW de Austin (Texas, EEUU), han llenado salas en Madrid y Barcelona e incluso han conseguido la gustosa aprobación de Jota de Los Planetas, que después de verlos en directo les invitó a tocar con ellos, tal y como contaron en Tentaciones.

¿Qué hay antes de la obra?

“He sido camarera, guía turística, heladera, azafata, encuestadora, telefonista”. “Los últimos 5 años he trabajado en empresas de informática a media jornada, lo que me permitía dibujar por las tardes”. Hace sólo un año desde que Flavita Banana se dedica únicamente a dibujar. Confiesa que, sin saber cómo, ahora mismo no necesita “trabajos adicionales” para llegar a fin de mes.

Salvo un trabajo de becaria en su universidad y un puesto en la emisora de radio RAC1, a sus 25 años Elena Martín ha podido dedicarse siempre a su sector: el cine. Lo ha hecho como actriz (Las amigas de Àgata, Con el viento, Júlia ist), como ayudante de dirección de teatro y como directora y productora. Sin embargo, muchos de estos proyectos han sido “autofinanciados”. Un ejemplo es Las amigas de Àgata, de quien “nadie sacó rendimiento económico”, al igual que Júlia Ist en un principio (ahora cuentan con la producción de Lastor Media en colaboración de Antaviana Films). Sabe que ni las buenas críticas ni los premios son suficientes. “Es muy cansado. Los días que dejo fluir estos pensamientos me cogen todas las crisis, pero aún soy muy optimista y quiero confiar en que si trabajas, si te haces necesario de alguna forma, vas a tener un espacio para crear y vivir de ello”.

Por su parte, Sergio C. Fanjul (conocido en las redes como Txe Peligro), confiesa no saber “qué son los derechos laborales”. Ha sido camarero, predicador callejero, responsable de comunicación, colaborador radiofónico y freelance (siempre freelance) en medios de comunicación. Y eso que estudió Astrofísica. Su primer libro lo publicó en 2008 y desde entonces ha intercalado su vida como periodista con la literatura, aunque admite que “no es un buen negocio”: calcula que con ella alcanza el “0,7% mensual”. Por decir algo.

A la mitad de Cala Vento le quedan 20 días para terminar la carrera de Medios Audiovisuales. Aleix es arquitecto. Llevan diez años tocando y no han visto “el primer centavo a nivel personal” hasta hace “un par de meses”. Los curros de verano han ido salvado la función: con Backwards, su anterior formación, apenas pagaban “alguna cena” y grababan maquetas. “Los cachés que cobrábamos con nuestras antiguas bandas eran más bien simbólicos porque era todo muy amateur y nunca daba suficiente como para llegar a repartir beneficios. Básicamente no los había”, cuentan.

La vuelta al nido familiar

Por eso, y a pesar de que se postulan como una de las bandas más punteras del panorama independiente nacional (“estamos girando mucho y hemos grabado dos discos en un año de diferencia”), lo underground sigue siendo definitivamente underground: ni se han emancipado ni lo ven próximo, ya que han vuelto a vivir con sus padres en el Empordà “para poder sobrevivir de la música”.

Sin llegar a ser el trauma que pintan Venga Monjas, Elena Martín ha estado yendo y viniendo de casa de sus padres dependiendo de lo que le quedaba en su cuenta bancaria. Tras trabajar unos meses como becaria, decidió dejarlo para concentrarse en Júlia ist. “Volví entonces a casa de mis padres, donde estuve un año, y, gracias a la peli que rodé el año pasado, desde septiembre vuelvo a vivir sola. Ahora vuelvo a tener problemas de dinero, pero por suerte mis padres pueden ayudarme un tiempo”.

En cambio, Sergio C. Fanjul y Flavita Banana llevan siendo independientes desde hace años, justo desde que empezaron a trabajar, aunque no sin dificultades. Flavia Álvarez cuenta que, cuando se mudó (“unos amigos de mi hermana me ofrecieron una habitación barata”) “trabajaba de 8 a 2 y estudiaba la carrera de 3 a 9”.

La rutina

Flavita Banana y Sergio C. Fanjul han conseguido vivir, remontándonos al principio, de lo suyo. No tienen horarios, ni jefes o compañeros a los que agradar, aunque tampoco tienen un salario fijo: viven de lo que producen sin tener que rendir cuentas a nadie. Lo que podría ser un sueño para muchos (sofá de casa a mano, nada de tuppers, adiós al despertador a las 7 de la mañana) puede, ciertamente, convertirse en un problema. Sergio C. Fanjul no ha tenido que impostar nada para escribir Pertinaz ‘freelance’ (“El día presenta su tráiler mañanero:/llegar al puesto de trabajo a escasos cinco metros/de la cama [es decir, sobre la mesa escandinava/que ocupa un flanco privilegiado del comedor”]) porque es lo que vive en su día a día: “Vivo instalado en un caos, quiero pensar que creativo. Por lo general siempre he trabajado sin orden ni concierto, de manera rizomática, alternando trabajo, videojuegos, cocina, ebriedad, pijama y loncha de pavo. Lo único que pone algo de orden es tener que asistir a entrevistas, ruedas de prensa o saraos… Ahora, debido a una escalada de ansiedad después de ocho años trabajando en casa (sin problema, por lo demás) me he instalado en un coworking al que apenas voy pero que me proporciona paz simplemente por existir”.

Su antídoto contra la pereza son los “deadlines”, aunque con el tiempo ha conseguido llevar “algo de orden en una agenda”. Para la poesía no hay horarios: “a mí se me ocurren los poemas cuando paseo por Madrid, que es una de mis aficiones, o cuando voy a los grasabares a beber solo, que es otra”. El problema se presenta cuando el volumen trabajo no deja suficiente tiempo para el ocio (y la inventiva, en su caso).

Para Flavita Banana, como el sueldo de cada mes, también “cada día es distinto” y “no es contabilizable”. “Siempre digo que soy una jubilada precoz: hay muchos días en que no hago nada relacionado con el dibujo. Me ocupo de los mails, facturas, etc. en casa o el estudio, disfruto del día, veo amigos, duermo mucho, si se me ocurre un dibujo llevo encima el cuaderno y el pincel (con cartucho). Si hay un pedido, pues me siento y pienso hasta que se me ocurre algo”, resume.

El sueldo

Elena Martín ve todavía lejos poder vivir de su trabajo vocacional, ya que, aunque a veces se ilusione “con el recorrido de Júlia ist”, este impacto “no es suficiente”. Sin embargo, todas sus decisiones (también las que implican aspectos económicos) las ha tomado con un claro objetivo en mente: “exceptuando el puesto de becaria en la universidad, el resto de trabajos tienen que ver con un sector que me gusta. Por otro lado, por haber dado preferencia a estos trabajos, he cobrado menos dinero que si me hubiera puesto a trabajar de camarera de forma regular, pero fue una elección consciente”.

Tener la certeza de que el ahora tan ansiado mileurismo se presenta como algo remoto parece ser una constante común entre ellos; algo que se asimila entre el sosiego y una pizca de resignación, como niños de letras que ya viniesen entrenados para resistir desde el instituto. Flavita Banana lo expresa muy claro: “cualquier persona que vive de su creatividad, de las ocurrencias de su mente, está en un limbo. Sencillamente no puedes parar de pensar, crear y mostrarlo. Así que estar en un limbo laboral, económico y de salud viene con ello y, más que asumirlo, lo padeces”. En su caso, cada mes cobra una cantidad distinta. Su principal fuente de ingresos es la tienda online, la única forma en la que ha “monetizado” sus seguidores. “Las colaboraciones en revistas me cubren los gastos básicos, alquiler, tabaco y teléfono”, añade.

Pese a todo, Sergio C. Fanjul tiene que reconocer las bondades del freelanceo. “Si necesito más dinero trabajo más, si necesito menos, me relajo”. No todo el mundo puede, pero con tiempo, una buena agenda y currículum sólido es posible “incluso ahorrar un dinerillo”. “Eso sí, trabajando mucho”, insiste.

A pesar de que hace muy poco desde que a Cala Vento le salen las cuentas, “muy pocas veces” se han detenido a pensar en que les merezca o no la pena. “Tenemos la suerte de movernos en una escena más o menos underground donde promotores y público valoran mucho tu trabajo”, explica. “Tampoco buscamos desesperadamente reconocimiento. Hacemos canciones porque nos gusta hacerlas y punto; todo lo demás forma parte de la manera que tenemos de vivir la música: compartirla, viajar, conocer gente…”.

La pullita

Pero por más que uno asuma su destino y las piedras que va a tener que sortear por el camino, no debe ser fácil tragar con todo de buena gana. Por ejemplo, con que el músico sea “el que menos gane de la infinita cadena de intermediarios”. “Está claro que la industria española, como tantas otras, tiene que modernizarse”, afirman Aleix y Joan. “Vivimos un momento en que uno mismo se lo puede hacer todo y eso ha cambiado por completo el funcionamiento de un ente que sigue anclado en el pasado. Desde las instituciones tendría que promoverse un consumo cultural crítico y de calidad, facilitando su acceso con una reducción drástica de los impuestos en conciertos y demás”, reclama el dúo catalán.

Ni Sergio C. Fanjul ni Flavita Banana ven prioritario legislar a favor de ayudas estatales específicas para los artistas (“no creo que deba haber más ayudas que para los fruteros; el Estado debe apoyar a los autónomos en general”, opina esta última), pero sí que exigen más diligencia y seriedad a sus clientes. “Lo único que pido es que me paguen como es debido y que no estén todo el rato recortando tarifas o regateando, que no nos tomen como aficionados, porque eso es lo que devalúa la profesión. Algunos jefes no contestan los mails o no publican los textos, como si esto que hiciéramos los freelances fuera una especie de hobby, cuando dependemos de ello para comer cada día”, señala Fanjul. Aunque Flavia Álvarez también reivindica un mejor pago por parte de sus clientes, su crítica va por otros derroteros: “Se paga por quien te sigue, no por lo que haces. En mi caso, con 200.000 seguidores en Instagram, pues me suelen pedir un trabajo, lo que me dé la gana, pero que sobre todo lo publique ahí y redirija a otra página. Pues no, amigos. Mi trabajo es dibujar, no tener seguidores”. La lucha es antigua, la independencia también.

Isabel Bellido Written by:

Periodista especializada en literatura hispánica por la Universidad Autónoma de Madrid. Voy de medio en medio hasta remontar.

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