¿Te acuerdas de Minijuegos.com?

Hubo una época en la profundidad de los 90 en la que no podías acceder a internet si alguien estaba hablando por el teléfono. Tampoco existía la tarifa plana, por lo que cada minuto en la red era oro; ni la banda ancha, entonces las páginas eran planas y con pocas virguerías. Pero nos encantaba entrar en internet a 56kbps. Y lo hacíamos desde el Explorer, el navegador que solo usamos para descargar el Chrome.

Mi primera experiencia en la computación fue un PC con un sistema operativo Windows 95. Teníamos varios en la casa más potentes y conectados a la red (un Mac y otro con Windows 98, la delicia de entonces) pero el 95 era mío y para mí. No tenía conexión a internet ni tarjeta de sonido, y lo más útil que podías hacer era pasarte el Buscaminas y la desfragmentación de disco.

Pero podía toquetearlo como me diera la gana, sin el temor de que mis padres me echaran el puteo por jugar con el MS-DOS y hacer que implosionara. Navegaba por el panel de control, intentaba hacer que el Explorer funcionara por magia, le metía lápices a la entrada de los discos floppy; todo esto era una pasada en comparación con el mundo real y el patio del colegio (no tanto como en el lanzamiento de este sistema), asistiendo a ver cómo al presionar una tecla aparecía esa letra en el WordPad, o rellenando huecos de mi último garabato con el bote de pintura del Paint.

Me encantaba la ceremonia en la que mi madre conectaba el Windows 98 a internet con el módem de 56kbps. Esa conexión, denominada dial-up, usaba el mismo ancho de banda que la línea de cable telefónica, lo que imposibilitaba estar en la red y llamar por teléfono a la vez. En el caso de nuestra familia, nos conectábamos unos 30 minutos por semana, que era lo que bastaba para ver el correo electrónico y bichear por las últimas páginas web que habías descubierto en los programas de la tele de los 90.

Pero la verdadera eclosión llegó con la apuesta del Gobierno de incorporar las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) en las aulas. De un curso para otro, una sala que se usaba como espacio auxiliar se convirtió en una clase repleta de ordenadores. Y todos con internet de banda ancha. Esto fue mucho antes de la distribución Guadalinex (en el caso de Andalucía): el colegio había comprado una flota importante de ordenadores para enseñar informática a los alumnos.

Una mierda que íbamos a aprender informática. Para un chaval de Primaria, una pantalla con colorines y con acceso a internet ilimitado y gratis era un agujero negro para su atención. Es ahí donde conocí la grandeza de un motor de búsqueda sin tener que memorizar lo que decían la gente de la tele, que se trababan con el uvedoble-uvedoble-uvedoble-punto. Además, el profesor se dedicaba a enseñarnos a cómo coger el ratón, cómo escribir mejor con mecanografía o como copiar y pegar archivos; asignaturas que ya había convalidado en mis tardes de invierno trasteando Windows 95.

En una de mis primeras búsquedas en el Google de entonces puse “juegos”. Y ahí estaba, entre los primeros resultados, Mininjuegos.com. Era un portal repleto de aplicaciones entretenidas basadas en Flash Player que añadía nuevos juegos con frecuencia casi semanal. Fue ponerme a jugar con minijuegos de Megaman o Sonic que a los pocos minutos estaba el compañero del PC de al lado preguntando cómo había hecho eso. A los pocos minutos de enseñarle que el Explorer era para conectarse a internet, y que Google era para buscar cosas, estaba el chico jugando al Stickman.

When this (izq) become hotter than this (dch)?

A las pocas semanas ya teníamos a la clase enganchada. En la hora de la asignatura de informática, todos repetíamos proceso de encender el ordenador, usuario-y-contraseña, y Minijuegos.com. El profesor desistió en su intento como docente, y se limitaba a controlar que no nos metiéramos en páginas inadecuadas. Llegó a darnos una clase de cómo evitar los virus que no sirvió para nada. A esa edad era imposible no clicar en la publicidad con colorines, y sabías que ese BMW era tuyo por haber sido el visitante número 10.000.

Y así pasamos el curso, haciendo formateos a los ordenadores cada mes. Más tarde, llegaría el Habbo (en nuestra clase éramos muy de Boomerang.tv) y el Messenger, que nos aceleró la pubertad a zumbidos. Pero esa generación de chavales de Primaria siempre recordaremos esa horita después del comedor, enganchados al Stickman, a juegos de fútbol, o simplemente a ver animaciones flash de cosas que no llegábamos a comprender cómo llegaban a nuestra pantalla, para la desesperación del profesor.

Joselu Zafra Written by:

Solo me interesa la pizza y el rock. Luego hay cosas que me gustan, pero van variando, incluso algunas se contradicen.

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