¿La ola de calor la produce el cambio climático? Matices, sí; ingenuidad, la justa

No está aún demostrada en su totalidad la relación entre los fenómenos climáticos extremos que vivimos en la actualidad en nuestro país y el cambio climático. Pero eso no nos incita a pensar que se trata de azar. El cambio climático ya nos está afectando y no estamos participando demasiado en la lucha.

El cambio climático no es solo que haga mucho calor en junio. Es, posiblemente, uno de los mayores retos a los que se enfrenta y se va a tener que enfrentar la Humanidad desde que salimos de las cuevas y escribimos el Antiguo Testamento. Plantea dificultades en los ámbitos de la sociología, de la ciencia, la economía, la energía, la política –como principal motor de cambio– y, cómo no, la comunicación. Es un problema gigantesco. No solo por su incidencia, a nivel global, a pesar de que no afectará a todos por igual: como suele pasar, los países y los ciudadanos más empobrecidos son los menos culpables y los que estarán más jodidos. También porque las causas son difíciles de identificar, medir y cuantificar; porque sus soluciones necesitan ser transversales y a largo plazo, dos adjetivos que son rechazados por la política del voto fácil. Y porque sus consecuencias afectarán a todos los estamentos de lo que comúnmente conocemos como la vida moderna. Y sí, ya las estamos padeciendo. Aquí, en España. Aunque, evidentemente, todo tiene matices. Aclaremos el asunto.

Ayer lunes circulaba por las redes una columna del líder del partido verde Equo, Juantxo López de Uralde, probablemente el único político español que tiene en la boca todo el rato determinados temas que el resto de formaciones tocan de pasada, como si no fuera a comprometer nuestro futuro a corto plazo. El texto, alojado en El Asombrario, se titula ¿Por qué lo llaman ola de calor cuando es cambio climático?, y viene a decir que hay una relación incontestable entre que nos estemos achicharrando antes de que llegue el verano de verdad y el calentamiento global. Cita unos datos que no conocía: entre ellos, un estudio de Climate Central que alerta del aumento en la frecuencia de las olas de calor en Europa en los últimos años. “Está aceptado que el cambio climático aumentara la frecuencia, la intensidad y la duración de las olas de calor”, afirma el informe.

Efectivamente, es parte del consenso científico –ese que se pone y se ponía en duda con relativa facilidad solo hace unos pocos años– que el cambio climático no solo aumenta los grados de nuestro termómetro, sino que hará más virulentos y alargados en el tiempo lo que conocemos como fenómenos climáticos extremos. Aquí entran las olas de calor, las inundaciones, las ventiscas, los temporales, las lluvias torrenciales, las nevadas… y es incontestable que de eso, en España, tenemos experiencia en los últimos años. Pero hay matices. Hace unos meses tuve la oportunidad de charlar con Yolanda Luna, responsable de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet). Esta clase de fenómenos “se han dado siempre” en nuestro país, asegura la investigadora, pero los analistas aún no tienen las variables necesarias, dado que la incidencia del cambio climático es algo de la última década, para establecer una relación incontestable entre estas anormalidades del tiempo en estos años y este gran reto medioambiental.

Lo que sí está demostrado es la relación entre el cambio climático y el aumento generalizado de las temperaturas que ya sufrimos tanto en todo el planeta como en nuestro país. Pese a que el pasado año 2016 no fue el más cálido en España, a diferencia de lo registrado a nivel global, fue muy cálido, con especial incidencia en regiones como Andalucía, Murcia, Cataluña o Comunitat Valenciana. Y pese a que, según la Aemet, aún no tengamos todos los datos para demostrar la relación entre los fenómenos extremos de la actualidad y el cambio climático, es un hecho que su frecuencia va a aumentar por esta misma causa. Y hace bien López de Uralde en alertar de que, a pesar de que no todas las certezas estén de nuestro lado, hay que empezar a llamar a las cosas por su nombre. Y dejar de pensar en osos polares. Que las estadísticas aún no puedan ser lo suficientemente amplias para detectar cambios significativos no quiere decir que tengamos que ser ingenuos y pensar que las anomalías son fruto del azar.

¡Padre! ¡Lo del cambio climático!

La ingenuidad en la acción climática pasa, también, por pensar, como referenciaba en el principio del artículo, que el cambio climático se reduce a que va a hacer más calor. Que se soluciona encerrándonos con el aire acondicionado y esperando a que los políticos hagan algo o que los científicos inventen una pócima mágica, con esa candidez tan típica de la opinión pública ante los problemas a largo plazo. Pero ya estamos notando sus efectos más allá de la subida de las temperaturas, y los estamos notando en España. Dos ejemplos significativos.

El primero: la guerra en Siria ha causado cinco millones de refugiados, de los cuales tres malviven en Turquía. Acnur calcula que para 2050 el número de desplazados será de 250 millones de personas porque, simplemente, hará un calor infernal en sus pueblos y ciudades: lo que conocemos como refugiados climáticos. La cifra es inmensa, sobre todo cuando se la compara con los “solo” 5 millones de sirios que han causado una tensión migratoria en Europa sin precedentes. Y sí, ya hay refugiados climáticos en España. En Lorca ya están abandonando la tierra que les vio crecer porque no llueve, y si no llueve, no tienen de qué vivir. Estos refugiados ni tienen amparo jurídico, ni reconocimiento político ni social, y todo indica que van a abrir los telediarios día tras día. Dentro de muy, muy poco.

El segundo: entendemos como biodiversidad la variedad de seres vivos sobre la Tierra, resultado de años de evolución, de adaptación al entorno, y que ha resultado en unos ecosistemas riquísimos de vida en la Península Ibérica y en particular en España, reconocido como uno de los países que más diversidad biológica alberga en sus marismas, sus mares, sus ríos y sus bosques. La biodiversidad es el principal atributo de la naturaleza y, adivinad qué, nos la estamos cargando. No solo por la influencia directa del hombre y su crecimiento desmesurado: también indirectamente por el cambio climático. En nuestro país, según la Plataforma Nacional de Adaptación al Cambio Climático (Adaptecca), “se han observado y se proyectan abundantes cambios en la composición, la estructura y el funcionamiento de los distintos tipos de ecosistemas en España”.

Está aumentando la acidificación de los ecosistemas marinos, las comunidades biológicas de los mares están cambiando a marchas forzadas sus hábitos. Los animales y las plantas de los ecosistemas marinos tampoco lo tienen mejor: ya se están registrando cambios en los ciclos de floración y fructificación de los vegetales, igual que en la migración, puesta y eclosión de huevos en aves, anfibios e insectos. Y si crees que los cambios en los entornos naturales no nos afectan mucho, infórmate de qué pasaría si las abejas dejaran de existir. Dependemos de la Naturaleza para subsistir, por mucho que la revolución industrial nunca pare de girar.

En esferas locales, ya se están registrando cambios significativos. Las lagunas se secan, plagas mortíferas arrasan bosques enteros en Granada, los embalses bajan su nivel hasta la alarma, el turismo se preocupa porque las temperaturas dejan de estar dentro de la zona de confort. Y, aunque en buena medida no seamos responsables de la herencia recibida, la generación milenial ya está asumiendo puestos de poder y será la principal damnificada, un daño que se sufrirá con mayor o menor intensidad pero cuyos tentáculos tocarán a todas las clases y estratos sociales. Nos rasgamos las vestiduras cuando nos ataca un señor extraño en una columna de El País, y está genial, pero tenemos que empezar a asumir que, ya que nos identificamos como críticos y subversivos, debemos liderar el protagonismo de la acción climática. Que se nos oiga. La lucha que llevan abanderando durante décadas los grupos ecologistas, que rebosa mérito, se ha torcido hasta el tópico de que el cambio climático afecta a unos osos polares que nos pillan muy lejos y a una subida del nivel del mar que llegará cuando seamos viejos y que nos dejará sin playa. El grito, a partir de ahora y como bien apunta Juantxo, tiene que redirigirse a lo local e inmediato: el cambio climático nos está afectando ahora y va a cambiar nuestro modo de vida al completo. La remontada solo pasa por la movilización urgente.

Javier Martínez Written by:

Periodismo medioambiental, porque es necesario. De cualquier cosa, en realidad, si me dejan. Me encanta Pokémon y conservo cierta madurez emocional, todo a la vez. Estuve en infoLibre y en El Mundo de Málaga, y dirigí la puta locura de La Taberna Global.

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