Lo que te pierdes por ver solo cine y series estadounidenses

Hollywood es, por recursos y por historia, la mejor industria cinematográfica del mundo. Ninguna ha dado más. Pero la situación actual roza la colonización cultural. Hay mucho cine y de mucha calidad más allá de lo importado de Estados Unidos, y por lo general tiene poco que ver con lo experimental y plomizo que uno se imagina cuando le hablan de “un autor lituano muy interesante”.

El 30 de mayo Pablo Iglesias terminó de ver la serie estadounidense Mad Men y pidió por Twitter que le recomendaran “alguna de Netflix”, la plataforma estadounidense de pago. Entre las respuestas que aparecen inmediatamente debajo de su tuit están The Americans, Black Sails, Breaking Bad, Stranger Things, Better Call Saul, Fargo, Master of None y varias decenas más hasta completar una lista interminable de series estadounidenses en la que apenas se cuelan tres europeas (Borgen, Black Mirror y Peaky Blinders). Al final Pablo Iglesias acabó descartando Netflix pero optó por otra serie estadounidense, The Leftovers, de otra plataforma también estadounidense, HBO.

Desde hace un par de años me hierve la sangre y me vengo arriba cada vez que observo una mínima señal de colonización cultural estadounidense. Yo, que soy tan milenial como cualquiera y que me creo tan librepensador e independiente como el que más, me di cuenta un par de veranos atrás de que tres cuartas partes del cine que había visto era yanki y de que hasta ese momento ni me había planteado discutir esa hegemonía sino más bien al contrario: me sentía bien y mucho más culto descubriendo los clásicos estadounidenses y viendo las 250 películas mejor valoradas en IMDb. Hasta que en ese momento hice clic y, como el exfumador que se vuelve un talibán del antitabaquismo, empecé a interpretarlo todo en clave imperialista. Os pongo varios ejemplos en diferentes contextos.

I. La semana pasada las cinco principales cadenas de televisión españolas (La 1, Antena 3, Telecinco, Cuatro y LaSexta) emitieron 13 películas en horario de prime time —a partir de las nueve de la noche, más o menos—. De ellas, once eran estadounidenses, y de las dos restantes, una estaba protagonizada por Nicolas Cage y Hayden Christensen (Anakin en Star Wars II y III) y la otra era V3nganza, la de Liam Neeson, que no es estadounidense pero como si lo fuera. La elección ni siquiera se acaba de justificar por criterios de calidad, porque 6 de las 11 están suspensas en Filmaffinity, y esta semana la cosa va por el mismo camino. Por supuesto, he dejado intencionadamente fuera de la selección a La 2, que se luce cada semana. El sábado, por ejemplo, puso La vida de Adèle.

II. En febrero de este año intenté ver en algún cine Psiconautas, la película de animación de Alberto Vázquez y Pedro Rivero que ganó el Goya —si no los conocéis, os recomiendo mucho su corto Sangre de Unicornio—. Solo estaba disponible en una sala de la provincia de Málaga y en un horario prohibitivo. De las 700 salas que hay en España, sólo podía encontrarse en 40. Y acababa de ganar el Goya. Os animo a buscar cines en los que no pongan hoy Wonder Woman.

III. La semana pasada, aprovechando la ola de calor, JotDown sacaba un listado con las películas que mejor han retratado la canícula. Como en el resto de continentes no hace calor, el periodista —que supongo que algo sabe de cine— debió recurrir a América, concretamente la del Norte, y entre las 15 películas destacadas coló 14 estadounidenses.

IV. Mientras escribo esto —miércoles 21 de junio— en las salas del cine Kinépolis de Madrid, el más grande de España y donde debería haber más variedad en la oferta, hay 18 salas operativas. En 14 están poniendo películas estadounidenses, entre ellas El bebé jefazo, que se estrenó en la primera mitad del mes. De abril.

V. Tengo a 19 amigos agregados en Filmaffinity, y allí puntuamos con más o menos regularidad las películas que vamos viendo. Cada uno de ellos —y son de lo más variopintos: desde uno que trabaja como crítico cinematográfico hasta otro que lo flipa con Kurosawa más que Leonor— ha visto más películas estadounidenses que del resto de países juntos. De hecho, dos tercios de lo que ven ha salido de EEUU.

Podría seguir con la lista, pero creo que la idea se entiende y, además, hay datos oficiales que explican mejor lo que yo cuento. En España, más del 60% de la cuota de mercado está copada por producciones estadounidenses frente a algo menos del 20% de las nacionales y otro 20% del resto de países. Aunque en 2014 lo español tocó techo con un 25% —gracias sobre todo a Ocho apellidos vascos, pero también a El Niño, La isla mínima, Torrente 5…—, la situación está prácticamente igual que hace diez años, todo según los datos del Ministerio. España no estaría tan bien como Francia (40% de cine patrio frente a 45% de estadounidense) pero tampoco tan mal como Alemania (78% de cine estadounidense), según el Observatorio Europeo Audiovisual.

En 2016 sólo una película no estadounidense estaba en el top-6 de las más taquilleras de España. En 2015, lo mismo en el top-9. Y eso que estamos en plena explosión del cine español con peliculones como Que Dios nos perdone, Tarde para la ira y El hombre de las mil caras concentrados en el último año. Estas tres juntas han recaudado cinco millones; Mascotas, ella solita, casi 22. Lo único salvable de todo esto es que, al menos, las intrusas en ese ránking / festival de superproducciones estadounidenses son españolas y ocupan la primera posición (Ocho apellidos catalanes en 2015 y Un monstruo viene a verme en 2016).

Bustamante y Álvarez-Monzoncillo, catedráticos de la Complutense y la Rey Juan Carlos, observaban hace más de una década un “progresivo alejamiento de las series de ficción norteamericanas” del público español, que poco a poco estaba “llegando incluso a desplazarlas” de la primera línea en favor de las producciones nacionales. Y aunque en el caso concreto de las series en televisión en abierto puede haber sido así —hay quien ha seguido los últimos capítulos de Velvet como quien pierde a un hermano—, por cable y en Internet se da el fenómeno opuesto.

Las causas de esta presencia tan extendida de Estados Unidos en la industria son de lo más diversas y trascienden la capacidad de este artículo. Es difícil negar Hollywood es, por recursos y por historia, la mejor industria cinematográfica del mundo, que de esos estudios han salido genios como Scorsese y películas inolvidables, pero tampoco hay que olvidar que la práctica habitual de los grandes estudios es vender a las televisiones una película de primer nivel y añadir en el pack un puñado de mediocridades que acaban ocupando la parrilla. A esto se suma que rodar una película es mucho más caro que comprar los derechos de emisión de otra e incluso cierta inercia del público español —consumir mucho cine estadounidense acostumbra y casi produce rechazo salir de la zona de confort—.

El debate no hay que plantearlo como un España contra Estados Unidos que debe acabar en aniquilación del otro, ni siquiera en un todos contra Estados Unidos, sino en términos de riqueza. Hollywood da mucho, pero hay cine y muy bueno más allá de lo importado de América que tiene poco que ver con lo experimental y plomizo que uno se imagina cuando piensa en producciones europeas o cuando le hablan de “un autor lituano muy interesante”. El iraní Asghar Farhadi, por ejemplo, lleva dos Óscar a la mejor película en habla no inglesa y no sería raro que se llevara un par más. La Nueva ola rumana no tiene película mala, y son capaces de sumergirte en tensísimos dramones mientras te partes de risa por lo cutres que son. El griego Yorgos Lanthimos se inventa unas tramas loquísimas. El brasileño José Padilha, director de Narcos, tiene dos películas impresionantes sobre el tráfico de drogas en las favelas y la corrupción policial con el también protagonista de Narcos, Wagner Moura. Paolo Sorrentino, italiano, ahora de moda por The Young Pope, podría exponer en un museo cualquier fotograma de cualquiera de sus películas. Lars von Trier, danés, y David Cronenberg, canadiense, tienen dos de las mentes más perversas del cine y no dejan de parir maravillas. Argentina lleva una racha buenísima con Relatos salvajes, El clan y El ciudadano ilustre. En Irlanda se ha destapado, gracias a La habitación, Lenny Abrahamson

Fotograma de ‘L’arte della felicità’ (Alessandro Rak, 2013) 🇮🇹

Se supone que en la era de internet los contenidos se han democratizado y cualquiera puede acceder a cualquier contenido al instante. Yo no lo tengo tan claro. Es sencillísimo conseguir en blurray (pirata) cualquier mediometraje estadounidense de los años 50, pero no vas a encontrar con un mínimo de calidad ninguna de las películas que Holanda envía cada año a los Óscar, por ejemplo. Dentro de la legalidad, Netflix, Amazon y hasta HBO vienen a perpetuar la hegemonía norteamericana —sus modelos y sus costumbres, hasta su lenguaje, sus esquemas de pensamiento, cómo nos imaginamos un juicio o una cárcel o un periódico o una familia ideal—, aderezada sólo con alguna producción propia en cada país. La única que se sale del tiesto es Filmin, con un catálogo bastante amplio que agrupa casi todo lo que no sale de Hollywood. Yo he pagado dos meses y he regalado otros tres y no puedo estar más contento. He encontrado grandes películas españolas que no habría localizado de otra manera (Stockholm, de Rodrigo Sorogoyen; Torremolinos 73, de Pablo Berger; El Mar, de Agustí Villaronga), he visto dos de mis documentales favoritos (Los increíbles, español, y Merci patron!, francés), he descubierto alguna cosa interesante de países a los que quizá no me habría asomado (Serbia, Croacia, Kosovo, Etiopía) y me he enamorado aun más del país de mi corazón, Rumanía.

P.D. Si he removido conciencias hasta el punto de que no sabéis por dónde empezar, propongo una recomendación neutra de uno de los autores que he mencionado: Nader y Simin, una separación, de Asghar Farhadi. En Madrid está disponible en 26 bibliotecas municipales, en Andalucía en 44 y cada provincia de España tendrá su buen puñado disponible.

Manoletus Written by:

FPU (investigador/profe) de Periodismo en la UMA. Mis opiniones no me representan a mí, sino a otra persona.

One Comment

  1. 30/06/2017
    Reply

    Tres cosas:
    1) ‘Stockholm’ mola un montón.
    2) Para comprender el calado de la colonización cultural sólo hay que buscar información sobre la estrategia de China en África. Hace ya unos cuantos años que las productoras chinas doblan sus series con los mejores actores de cada país africano para que luego éstas sean retransmitidas en el país que toque y, capítulo a capítulo, introducir la sociedad y la cultura chinas en el imaginario colectivo africano.
    3) Esta noche veré en Filmin ‘Julia Ist’ después de tres semanas esperando a que la proyecten en Granada. Haber ke tal.

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