Cuatro canciones generacionales sobre volver a casa y el amor sin ataduras

Música en español para sentirte identificado. No porque cuentan una historia de amor que viviste recientemente, sino porque describen cómo nos sentimos, en qué punto estamos, nuestras luchas y nuestra manera de entenderlo.

La identificación emocional con la música es uno de sus grandes mecanismos como arte. Desengáñate: vale que el ritmo te mola, que la influencia folk del trompetista te parece fresca y recién traída de los manantiales donde se escucha lo Puro™, pero gran parte de las canciones que nos gustan y que compartimos con una frase intensa en Facebook son porque nos llegan. Nos recuerdan una historia, un rollo de verano, una reivindicación, un momento, una gente. O nos hacen sentir bien y punto. La lírica es lo que tiene: le pone palabras a lo que el receptor solo puede identificar con un dolor en el pecho. Y nuestro enorme corazón milénico no está solo para sentir amor y esas cosas, oye. Hay otros sentimientos que no tienen que ver con tu relación con tu pareja, tu madre o tu perro.

Ya sabéis que en este blog nos va mucho el rollo generacional. Creemos que a nosotros los milenials, más allá del marketing, nos une una serie de circunstancias, valores y creencias compartidas. Muchas veces impuestas desde fuera, como la crisis, la falta de confianza en las instituciones y la representación democrática, y otras tan técnicas como nuestra condición de nativos digitales. Igual que creemos en las clases sociales, creemos en que lo que nos une puede ser canalizado en una voz reivindicativa que luche por nuestro papel en el mundo. Prúebalo: teclea “millennial” en el buscador de Tumblr. ¿Te sientes identificado con un post de un chaval de Canadá? Eso prueba dos cosas: que nuestras mierdas son comunes en un Occidente cada vez más globalizado, y que ese gustito de identificarte con un elemento cultural no se circunscribe al amor romántico.

Últimamente me han llamado la atención estos procesos de identificación emocional con determinadas canciones en el ámbito de lo generacional. Me han removido mucho más los temas que hablan de irse de casa y volver a casa, con todo lo que eso te genera dentro, que los que definían a la perfección lo que siento por mi ex. Y, en cierta manera, es reconfortante saber que tu lucha no es la única. Esas canciones son Remontando. Os traigo varias de las que he descubierto en español en los últimos meses, y que me pongo en bucle –sin agotarlas todavía– porque no solo escuchamos música para bailar: lo hacemos para ponernos tristes aposta, para recordar, para venirnos arriba, para intentar, en la medida de lo posible, manejar nuestras emociones aunque la mayor parte del tiempo se escapen a nuestro control.


Catedrales, de La Maravillosa Orquesta del Alcohol

Conocí a La Maravillosa Orquesta del Alcohol como se conocen a la mayoría de grupos: “Eh, escucha esto, a lo mejor te mola”. Las frases de David no se ajustan al compás a veces y algunos recursos líricos me parecen simplones, pero la acumulación instrumental de estos locos burgaleses no deja nada al azar y transmiten una fuerza brutal. Y, bueno, el rollo de las camisetas de tirantes blancas inspira una masculinidad castellana, de las no tóxicas, que atrae. Ellos lo defienden como un gesto proletario de “todos somos iguales, esto puede llevarlo todo el mundo” y también me parece bien. En su Primavera del invierno tienen una canción llamada Catedrales que no es de las que se consideran himnos, pero que si profundizas, te toca.

Héroes de cualquier generación. Catedrales va de volver a casa. Yo no he hablado con ellos, no me han confesado en qué pensaban cuando compusieron el tema, pero dejadme que me la juegue con la interpretación. El hecho de irse a currar fuera es de lo más definitorio de estos tiempos que nos ha tocado vivir siendo jóvenes. Lo llaman “vivir nuevas experiencias” cuando, en realidad, en muchas ocasiones no lo elegimos. El capitalismo enmascara de libres elecciones lo que puede ser considerado un exilio. Y no está mal trasladarte a otra ciudad u otro país, lo que no gusta tanto es no poder volver a las calles que te vieron crecer. No descubro la pólvora cuando digo que el proceso está lleno de cargas emocionales que hay que saber gestionar. Acostumbrarte a otra gente y otras maneras, lidiar con la soledad como una compañera constructiva y desligarte de lo que hasta hace poco te hacía muy, muy feliz. El mayor reto, la inquietud en el estómago, es cuando coges el autobús de vuelta y, como canta la MODA, te preguntas: ¿Estará aún la playa bajo el adoquín? Catedrales introduce, además, un matiz doloroso. Muchas de esas mudanzas son con un billete cuyo destino no conocemos. Estamos yéndonos de nuestras ciudades y nuestros pueblos sin saber si encontraremos trabajo si el trabajo será digno, si nos sentiremos cómodos, si nos adaptaremos al cambio.

Ven a revivir la realidad
mientras se te escapa el sueño.
‘No te rindas nunca’ me dejaste en un papel,
pero el cinismo inunda los consejos.

Los chicos de la Maravillosa Orquesta del Alcohol alzan las copas y brindan por esos fines de semana en los que, con alivio, descubres que todo está en su sitio. El lunes sale el AVE de vuelta y habrá que seguir buscándonos la vida, pero esta noche están los de siempre en el bar de siempre y el adoquín aún no ha consumido la playa, aunque no tardará en hacerlo.

Brindemos por la tempestad,
quién sabe qué vendrá detrás.
Miro tus ojos en paz
justo en el momento
en el que el coro de
la calle 10 entona un aleluya,
y todo encaja como piezas
en un puzle de cristal.

A mí esto me da más ganas de llorar que Álex Ubago, qué queréis que os diga.


La casa de mis padres, de Quique González

Y ya no es solo volver a tus calles, sino volver a tu casa. La habitación tiene algún que otro trasto pero sigue estando tu orla de graduación de primaria y tus billetes del Interrail de 2012. Y claro, están tus padres. No me voy a quedar con el tópico de que te hacen croquetas, te preparan tuppers y todo es materialmente más fácil. Me quedo con la inmensa complejidad de aprender a aceptar que necesitas más que nunca lo que siempre diste por hecho. La familia es el gran generador de confort, la que le da el máximo sentido a una de las palabras más bonitas de nuestro vocabulario: cuidar. Esta de Quique González se llama La casa de mis padres, también pasa desapercibida en el disco bajo la inmensa luz de Charo y Nina, pero nos da una lección de humildad. Lo que nos pasa a los milenials no es exclusivo de nuestra generación, tampoco hay que mirarnos tanto el ombligo. Los mayores como Quique, entrado en canas, también tuvieron que irse y también tuvieron que saber volver.

Necesito luz, infraestructura
para pensar en pasado mañana.

Esta auténtica maravilla del cantautor madrileño describe con precisión de cirujano el dolor de volver a unas paredes cada vez menos tuyas, pero también el alivio. Él también habla de que nos embarcamos en un viaje sin billete de vuelta y que no lo podríamos hacer si no tuviéramos ningún ancla al que asirnos. No necesitamos solo a nuestros padres para que nos apoyen económicamente, nos paguen la fianza del piso en la periferia sin rechistar o nos recuerden con un cocido que la vida es bella. Los necesitamos porque nos conocen y saben que la precariedad es una mierda y que estamos más perdidos de lo que podemos reconocer. Volvemos a nuestra cama, dormimos mejor que nunca y cogemos fuerza, y eso solo se puede conseguir estando en casa, estando con ellos. Aunque simplemente vaya de comentar con tu padre el Clásico y contarle a tu madre cómo te va con esa chica nueva. Mirad cómo lo explica:

Volar con mis propias alas,
saber si necesitas ayuda.
Bienvenido al club
vibra y satura,
bajo la luna de Semana Santa.
(…)
Luchar con la puta culpa,
saber si necesitas ayuda.
Necesito luz, la última curva
para vivir como me dé la gana.

Qué simple, y qué cierto. Se trata de eso: vivir como nos dé la gana. Y la última curva es la más pronunciada de todas.


Héroes del sábado, de La Maravillosa Orquesta del Alcohol

Cambiamos de tercio pero volvemos a la MODA, con un tema que sacaron hace unos días, de su nuevo disco, aún sin publicar: Héroes del sábado. Nos toca a muchos de los remontanders porque muchos de los que conformamos el proyecto vivimos en Madrid y no somos precisamente gatos. El videoclip, sencillo pero al mentón, presenta simplemente escenas callejeras de la gran capital y las calles que aún son nuestras, y no del tráfico. Y la letra tiene todas las papeletas para convertirse en un himno generacional. Sin estridencias horteras del estilo de la infame “bichos del siglo XXI”, a lo bajini, quiero entender que los héroes del sábado somos nosotros.

Imposible ser neutral sobre un tren en movimiento.
Estas calles son distintas, de aquí no se va el invierno.

Extraigo varios mensajes de lo que nos quiere contar la maravillosa orquesta. Para empezar, me atrevería a decir que, como en Catedrales, le cantan a Madrid porque están afincados allí y echan de menos Burgos como yo echo de menos Málaga. También le cantan a nuestra resiliencia (Si les hieren hoy, si les hacen daño. Van a intentarlo una vez); a la frialdad de una urbe capaz de la más pasmosa indiferencia, pero con una sangre mediterránea que la hace soportable; a que queremos vivir, pero como nos dé la gana (Corazón no se alimenta de las ventas), y, por supuesto, a todas las palancas de cambio que queremos y podemos activar.

¿Dónde están los que pueden parar el mundo solo con mirar?
¿Dónde están los que pueden cambiar el mundo solo con pensar?

Repiten una y otra vez un mantra poderoso: No te olvides de dónde vienes. Es importante tenerlo en cuenta para evitar la despersonalización de una ciudad grande y un capitalismo de lobo feroz. Pero no puedo evitar pensar que el mensaje va dirigido a milenials y, en general, a los de abajo. Es injusto hablar de generaciones cuando podemos hablar de ciudadanía. Todos aspiramos a un futuro menos empringado de mierda.


Vengas cuando vengas, de El Kanka

Si pensabais que me iba a despedir de este artículo sobre música sin hablar de amor es que sois muy inocentes, pero lo haremos a mi manera. El Kanka goza de una maravillosa naturalidad que le hace ser el entrevistado más majo de la historia y que transmite a sus canciones. Es la seña de identidad de la generación de cantautores que encabeza: menos ampulosidad y más risas. Las cosas claras y el chocolate espeso, que no tenemos toda la vida. Dentro de esta manera tan aplastantemente simple de entender la vida que nos cuenta en sus discos, también está una concepción de las relaciones que se aleja de lo que nos enseñaron. Vengas cuando vengas es de las más coreadas, y lo entiendo. Es bonita en el sentido menos tradicional, pero a la vez más clásico, de la palabra.

Los milenials nos enorgullecemos, y con razón, de nuestra lucha contra el amor romántico en su sentido estricto, dañino y controlador. Aún queda mucho por hacer, pero queremos pensar que cada vez es más de Antiguonia eso de los celos, la posesión, el “si bien te quiere, te hará llorar”, el dónde estás, el por qué hablas con esa, el por qué te pones eso, y que son caldo de cultivo del maltrato físico y emocional con el que el machismo muestra su cara mortal. Seguimos queriendo, y queremos mucho y bien, pero ni eres mía ni soy tuyo. El Kanka mete este mensaje de la manera menos agresiva posible, recurriendo a una petición tradicional: ven. Pero cuándo y cómo tú quieras.

Y aunque me veas mirar,
baila como tú quieras bailar.

El colega mete metáforas, pero no de esas pedantes con las que se comparan las pollas los columnistas. Lo hace fácil. Vistas como vistas, falda o pantalón, no te me disfraces para la ocasión. Y, además, incluye una petición: muéstrate tal y cómo eres. No es tanto de amor romántico como de insuficiencia emocional lo de ponerse fachadas y muros a la hora de amar. Ven cuando quieras, ven siendo tú misma y vamos a pasarlo bien: me parece de las declaraciones más perfectas que se pueden hacer aquí, ahora mismo, en este mundo que nos ha tocado vivir.


No son las cuatro canciones que definen una generación, son mis cuatro generaciones que definen mi generación. Así que ahí abajo tenéis el cajetín de comentarios, y en la otra pestaña tenéis Twitter, para hacernos llegar las vuestras. Si colaboráis quizá hasta podamos hacer una lista de Spotify con todas las aportaciones, y así tener una banda sonora para cuando queremos recordar que somos muchos, que no estamos solos y que hay mucho que ganar todavía. Somos una generación con anhelos y miedos compartidos, y negarlos nos separa y diluye nuestras voces en el barullo. Reclamemos nuestro espacio, por qué no, cantando. O berreando con una litrona en la puerta del bar. Lo que mejor nos vaya viniendo.

Javier Martínez Written by:

Periodismo medioambiental, porque es necesario. De cualquier cosa, en realidad, si me dejan. Me encanta Pokémon y conservo cierta madurez emocional, todo a la vez. Estuve en infoLibre y en El Mundo de Málaga, y dirigí la puta locura de La Taberna Global.

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