Democracia participativa en Madrid o la ciudad que queremos

Una reflexión sobre los mecanismos de participación de los vecinos de la capital: se han abierto puertas para decidir sobre los barrios, sobre las medidas, sobre los espacios. Ahora falta que los utilicemos y dejemos de mirar toda la política con el mismo desprecio.

La plaza de La Remonta es un desahogo para el barrio de Valdeacederas, en el distrito madrileño de Tetuán, donde residimos buena parte de los que conformamos este proyecto. Aunque el origen etimológico es completamente distinto, nos sirvió de inspiración para el concepto y el nombre de este blog bisagra que nos ocupa. Es un desahogo porque el barrio tiene un origen absolutamente periférico, de desarrollo urbanístico sin ningún tipo de planificación ni control, y sus calles son estrechas, en cuesta y albergan tanto casas pequeñas y antiquísimas como bloques de pisos en la misma acera. A veces da la sensación de ser una colmena, y por eso cuando el viandante accede a la plaza suspira aliviado. Son pequeñas dinámicas inconscientes que revelan la importancia del urbanismo en el día a día.

Pases a la hora que pases, siempre están las terrazas llenas. Los padres y las madres charlan en los bancos mientras los niños juegan al fútbol bajo un cartel enorme de ‘Prohibido jugar a la pelota’. Cambia el ánimo no solo por la amplitud, también por la alegría de un espacio compartido en un barrio popular. Necesario para no volvernos locos del trabajo a casa y de casa al trabajo. Siendo tan importante La Remonta para Valdeacederas, no se entendía el estado de abandono de sus infraestructuras: escalones rotos y peligrosos, pavimento en mal estado y accesos mal pensados, entre otras carencias. Es por ello que el Ayuntamiento de Madrid la incluyó en un proceso participativo para la remodelación de 11 espacios de la capital.

Proceso participativo, sí. El Ayuntamiento presentó dos propuestas de remodelación, realizadas por arquitectos, con sus correspondientes informes justificando las actuaciones previstas. Se abrió un periodo de reflexión y, finalmente, se votó, tanto en la web decide.madrid.es como en la sede de la Junta de Distrito. Votaron más de 10.000 personas y, por un estrecho margen, ganó el proyecto La Remonta a un paso. El documento del arquitecto responsable hace un análisis de la situación: el único espacio de convivencia de la zona, poco visible desde las calles aledañas, con entradas poco accesibles y deteriorado. Se plantea una reorganización de los elementos, más arbolado, otro tipo de pavimento, fuentes de agua y una puerta abierta a que la participación de los vecinos continúe, con la posibilidad de iniciar proyectos de huertos urbanos o la elaboración de un mural conjunto, entre otras opciones.

Ya ves, qué cosa. Dos opciones cerradas, vaya ejemplo de democracia. Considero un error flagrante este ejemplo de cinismo tan habitual, de como no es perfecto, lo rechazo. Pone al mismo nivel los avances y el retroceso, el progresismo y la reacción. El ejemplo de democracia participativa de Madrid, auspiciado bajo el Gobierno municipal de Ahora Madrid, es limitado. Pero por novedoso, marca un antes y un después en la gestión de la ciudad. En primer lugar, porque obliga a los arquitectos a pensar en el interés de la gente que disfrutará sus diseños en vez de en su lucimiento personal: si no te votan, amigo, no lo verás hecho realidad. En segundo lugar, porque abrir estas pequeñas puertas a la participación de los vecinos modifica poco a poco la hegemonía: sin darnos cuenta, introduce en el pensamiento colectivo la percepción de que tenemos algo que decir con respecto a la ciudad que queremos.

A la hora de abordar debates sobre el urbanismo, el transporte o la sostenibilidad en las ciudades, la izquierda repite en los últimos tiempos un mantra: la ciudad es para la gente. Generalmente se usa en contraposición a para los coches. No es populista: es una declaración de intenciones política. Porque parece de perogrullo pero no lo es: muchas veces las ciudades no son para la gente. Son para los comercios que inundan las calles de terrazas y obligan a pagar para disfrutar del espacio público; son de las grandes empresas cómplices de los procesos de gentrificación; son de los negocios de unos pocos; son de dinámicas ajenas a las preocupaciones y el día a día del ciudadano que las pisa.

La ciudad se hace de la gente de varias maneras. La más fácil es tomar decisiones políticas pensando en la mayoría y siendo respaldados por una mayoría en el pleno y un programa electoral respaldado, pero a la vieja usanza unilateral: véase el plan A de Madrid para entre otras medidas, quitarle el predominio al coche en el centro, o la peatonalización de algunas vías en días festivos.

También se podría incluir en este grupo la intervención artística que sembró césped en la Plaza Mayor. La urbe no se disfruta detrás de una ventanilla. Se disfruta paseando, parándote en los escaparates, sentándote para descansar o tumbándote en el verde. No hace falta ser un analista para despreciar esas grandes calles que, por su configuración, solo sirven para atravesarlas en vehículo o para ir corriendo de un lado a otro, empujados por la urgencia que transmite el poco espacio. Una ciudad que prefiere plantar adoquín en espacios comunes y que reduce al mínimo los sitios para, simplemente, estar, no es una ciudad pensada para el disfrute, sino que sirve a otros intereses ocultos y, a buen seguro, menos democráticos. O que reduce nuestra libertad a la libertad de recorrer las calles a cuatro ruedas.

La más difícil, pero la más satisfactoria, es abrir las reformas a la votación ciudadana, para asegurar que se respaldarán los proyectos que les sirvan para vivir mejor. Lo contrario, la unilateralidad sin respaldo democrático, sin consulta, sin escuchar las necesidades del barrio, ya sabemos las consecuencias que tiene: malestar y conflicto. Véase Gamonal. O Murcia. O Málaga, salvando las diferencias.

Las votaciones de decide.madrid.es sobre los proyectos urbanísticos no son las únicas herramientas de democracia participativa de la ciudad. En esta página también se alojan las votaciones de los presupuestos participativos. Los ciudadanos presentan proyectos, recaban apoyos y los seleccionados se pasan al escrutinio de una consulta final. Se dedican 100 millones de euros para ejecutarlos, a no ser que Montoro diga otra cosa. Es el ejemplo más claro de empoderamiento del vecino: si quieres modificar tu entorno, cúrratelo, busca adhesiones que garanticen el respaldo de tus vecinos y te damos la vía para convertirlo en realidad. En junio se celebra la consulta. Este año, el Ayuntamiento decidió publicitarla con banderolas colgadas de cada farola, como cualquier otro comicio. La diferencia es que en esta ocasión no aparecían las caras de cada candidato, sino dos opciones; ‘Vota sí’ o ‘Vota no’. ¡Pero vota! No se me ocurre un recurso más simple y a la vez más efectivo para llamar a la participación.

madrid.es

La tercera pata de la democracia participativa madrileña es la de los foros locales. Un lugar de encuentro para vecinos, organizaciones y asociaciones de cada distrito de la ciudad, donde reunirse y debatir acerca de lo que necesita la zona. Cada foro local decide en qué mesas se va a subdividir, según las necesidades y prioridades. Cada mesa llega a acuerdos que se elevan al foro, y del foro se eleva a la Junta Municipal de Distrito, que debate si llevar esas resoluciones a la normativa, si procede. En todo caso, la presidencia de la Junta está obligada, por ley, a tener en cuenta lo que se decida en el foro.

Yo participo en la mesa de Infancia y Juventud del foro del distrito de Retiro. Se trabaja para reforzar la educación reglada de los colegios, habilitar espacios para adolescentes o integrar el trabajo de las AMPAs y de las asociaciones juveniles, por ejemplo. He oído en muchísimas ocasiones, debatiendo en las sesiones, comentarios del estilo: “Hay que darse prisa, porque nadie sabe qué pasará en 2019″. Tienen miedo de que un partido de otro signo político se alce con el poder en las municipales de 2019, desmonte el tinglado y todo el trabajo se tire a la basura. Años luchando por cambiar la realidad del barrio, ofrecer oportunidades, elaborar proyectos a largo plazo… pero no hay consenso sobre la idoneidad de la participación ciudadana, así que nada asegura que estos mecanismos se mantengan.

Esto no es una loa a Carmena, ni mucho menos. Pero no voy a caer en la simpleza de decir que abrir las puertas a la participación no es política, ni ideología, porque sí lo es. Hay otros aspectos de la gestión de Ahora Madrid que aunque apruebe o desapruebe, no son objeto de este análisis. Sí lo es la intención expresa de atacar ese cinismo de “todos son iguales” o “la política no sirve de nada”. Cada vez que te entren ganas de meter a toda la representación política en el mismo saco, piensa que no es igual darle la espalda a los vecinos que tenderles la mano. Hay matices, intenciones contrapuestas y prioridades.

Creo en una generación milenial empoderada, con voz y voto, con fuerza para modificar su entorno y su realidad en base a los intereses de la mayoría social. Está claro que siempre habrá dinámicas que se escapen a nuestro control: pero si se abre una puerta, por pequeña que sea, crucémosla sin miedo. Citando al concejal delegado de Coordinación Territorial y Asociaciones, Nacho Murgui, “podemos pasar de la política, de los asuntos de la polis, de lo que nos es común, pero la política no va a pasar de nosotros”.

Javier Martínez Written by:

Periodismo medioambiental, porque es necesario. De cualquier cosa, en realidad, si me dejan. Me encanta Pokémon y conservo cierta madurez emocional, todo a la vez. Estuve en infoLibre y en El Mundo de Málaga, y dirigí la puta locura de La Taberna Global.

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