La paradoja de Robert Mugabe: cuatro décadas en el poder y dos semanas para barrerlo

Te explicamos exactamente qué ha pasado en Zimbabue en este mes en el que los medios han publicado artículos con titulares tales que “nueva era” o “golpe de estado” en el país africano

Así, a golpe de tuit, se confirmó un golpe de Estado: “Ni Zimbabue ni el ZANU pertenecen a Mugabe ni a su mujer. Hoy empieza una nueva era y el camarada Mnangagwa nos ayudará a conseguir un mejor Zimbabue”. El mensaje se publicó el miércoles 15 de noviembre en la cuenta de la red social del pajarito de la Unión Nacional Africana de Zimbabue –Frente Patriótico (ZANU-PF), partido que gobierna el país.

Un día antes habían saltado todas las alarmas. El martes el Ejército había salido a la calle a ocupar los principales edificios gubernamentales y la televisión pública. La situación escalaba y no había ni rastro del presidente Robert Mugabe. ¿Se trataba de un golpe de Estado? La publicación del miércoles dio todas las pistas y las sospechas se confirmaron esa misma noche cuando un portavoz del Ejército compareció en la televisión pública para reconocer que se estaba llevando a cabo “una operación para atacar a los criminales cercanos al presidente que han estado causando el sufrimiento social y económico”.

El presidente, mientras, retenido en su residencia. Pero el Ejército rechazaba llamarlo un golpe de Estado y pedía al pueblo zimbabuense, que vive bajo una dictadura, que desarrollara sus libertades con normalidad. Superado el surrealismo kafkiano, la imagen recordaba al cuadro de Magritte, el de ‘Ceci n’est pas une pipe’. Esto no es una pipa, reclamaba un cuadro con una imagen de una pipa. Esto no es un golpe de Estado, reclamaban los de los tanques en la calle.

Robert Mugabe, de 93 años de edad y 37 a la cabeza del Gobierno, es (era) el presidente más longevo del mundo. En la década de los 70 se labró su nombre en la guerrilla anticolonialista que consiguió la independencia del país y se convirtió en el veterano de guerra líder de la revolución, el adalid contra el colonialismo y capitalismo en África.

Tras la independencia, el propio Bob Marley dio un concierto en el que cantó su canción ‘Zimbabwe’. “Cada hombre tiene derecho a decidir su destino, y en este juicio no hay matices”, recitaba el jamaiquino. Y Mugabe se lo debió tomar al pie de la letra cuando decía que sólo Dios podría quitarle del poder. Ahora Dios viste caqui.

¿Por qué salió el Ejército a la calle?

Los periodistas del New York Times Max Fisher y Amanda Taub tienen claro cuál fue el error de Mugabe. En su columna The Interpreter, donde diseccionan la actualidad internacional con brillante claridad, apuntan lo siguiente: si tuvieran que escribir un manual de instrucciones para líderes autoritarios, la regla número uno sería la de mantener contentas a las élites. Ahí es donde Mugabe falló.

Con su edad y los claros signos de envejecimiento, el debate sobre quién sustituiría al presidente una vez falleciera ha sido una constante en los últimos años. Todo apuntaba hacia el vicepresidente Emmerson Mnangagwa pero Mugabe le destituyó a principios de este mes alegando un complot contra él. Pero todo es menos complejo.

Desde comienzos de siglo la mujer del presidente, Grace, ha ido creciendo en la sombra. 41 años más joven que él, la que un día fue su secretaria ha ido escalando posiciones y ha llegado hasta a ocupar el liderazgo del ala femenina del ZANU. Todo ello a expensas de un pueblo que la llama ‘Gucci’ Grace por su derroche o ‘Dis’ Grace (desgracia) por su represión. Además, está salpicada por Wikileaks por llevarse mordidas de la explotación de diamantes y, como curiosidad,  se sacó un doctorado en sociología en dos meses. Además de sobrenaturalmente inteligente, Grace tiene la habilidad de poner rostro y nombre al despotismo y la prevaricación en Zimbabue.

Con las elecciones generales de septiembre de 2018 en el horizonte, la expulsión de Mngagwa por parte de Mugabe consolidó lo que se veía venir: el presidente quería allanar el camino para que su sucesora fuera Grace, en vez del vicepresidente que le había acompañado tanto tiempo, para consolidar algo parecido a una monarquía, donde los cargos se heredan. Y aquí entra lo que los periodistas del New York Times dicen de tocar a las élites.

Mngagwa fue uno de los fundadores del partido de Mugabe en los 60 y ha ido pivotando por los ministerios como Pedro por su casa. Comenzó en el de Seguridad de Estado, pasó por Justicia y fue degradado al de Vivienda Rural hasta que se volvió a ganar la confianza de Mugabe, que tras las elecciones de 2008 le nombró titular de Defensa. Por las carteras que ha tenido en su poder, y porque también es un veterano de guerra, siempre ha representado el nexo entre el ZANU y el Ejército. Si Grace llegara a la Presidencia, en vez de Mngagwa, el Ejército perdería su influencia. Eso explica la devoción de las Fuerzas Armadas y los veteranos por su otro líder.

Otras personas, mismo sistema

Una de las imágenes que más ha llamado la atención en estas dos semanas, más allá de las de los tanques en la calle, son las que tuvieron lugar el pasado sábado 18 en las que se podía ver a masas de gente participando en la capital, Harere, en una marcha favorable al derrocamiento de Mugabe. Siempre es tierno ver al pueblo abrazar a los militares que dan un golpe.

Sin embargo, alejándonos de juicios que dejan entrever una superioridad moral, tienen un motivo. Obviando la represión de los Derechos Humanos llevada a cabo por Mugabe, que la historia ha demostrado que se amortigua bajo elecciones ficticias, a lo que la sociedad no puede hacer oídos sordos es a la recesión económica que ha sufrido Zimbabue.

Los expertos han definido la política económica de Mugabe de las últimas dos décadas como una que se ha preocupado de repartir el pastel, especialmente entre sus cercanos, más que de hacerlo crecer. A finales de los 90 el presidente llevó a cabo una reforma agraria que buscaba expropiar el 32% de las tierras cultivables que estaban en mano de la población blanca del país, un 1%. Una política loable pero que se llevó sin previsión alguna y que supuso el bloqueo económico de Estados Unidos y la Unión Europea.

A esos bloqueos se irían sumando más tarde otros, alentados por la represión que hacía de Zimbabue un amigo incómodo, y en la actualidad la situación económica se entiende en cifras: Una inflación que en julio de 2008 llegó a los 231 millones por ciento y actualmente un 74% de la población que vive con menos de 5,50 dólares al día y un 90% de desempleo entre la población activa. Por eso los zimbabuenses abrazan militares.  Sin embargo, puede que un nuevo Gobierno sirva para levantar algunos bloqueos, aunque esto supondría moralmente volver al yugo colonialista, pero políticamente la situación poco o nada va a cambiar.

El domingo 19 de este mes, Mugabe compareció en los medios en lo que todos esperaban que fuera su dimisión. Sin embargo no lo hizo. Muchos apuntan a que fue el propio Ejército el que decidió que no lo hiciera para que no pareciera un golpe de Estado, y que fuera su propio partido, a través del impeachment que comenzó el lunes siguiente, quien le apartara del poder. Finalmente, el presidente presentó su dimisión el martes. Poco se sabe de los motivos de este manejo de los tiempos, pero es un hecho que tras tanto tiempo en el poder sería vergonzoso ser apartado de esta forma y la dimisión se presenta a medio camino entre “bueno, lo dejo pero porque yo quiero” y cuando te deja la novia y dices que “los dos hemos decidido que era lo mejor”.

Tras la dimisión, Mngagwa vuelve de su exilio voluntario en Sudáfrica (se fue porque decía que después de que le apartaran de la vicepresidencia temía por su vida) y el viernes 24 sustituye a Mugabe en la Presidencia. Pero, como se ha dicho antes, poco cambio se espera. Durante la guerra civil que hubo en el país Mngagwa fue el encargado de los servicios de Inteligencia y dirigió el ‘Gukurahundi’. Bajo un bonito nombre que significa “la lluvia temprana que limpia la paja antes de las lluvias de primavera”, el ‘Gukurahundi se tradujo en el asesinato de entre 10.000 y 30.000 civiles. Por eso varias organizaciones como Human Rights Watch o Amnistía Internacional han pedido a Mngagwa que aproveche esta nueva etapa para huir de los abusos del pasado.

De puertas afuera

La crisis que ha vivido Zimbabue en estas dos semanas se ha seguido con atención desde el exterior, especialmente desde Sudáfrica y China. El caso de Sudáfrica es evidente, si se llegara a un conflicto en el país vecino, se crearía una ola de refugiados que no beneficia a nadie. Pero el caso de China es más interesante.

El gigante asiático es el mayor inversor extranjero en Zimbabue, tiene en el país africano numerosos contratos, da subvenciones, préstamos y venta de armas aún cuando a veces no han podido consolidarse porque nadie ha dejado pasar el barco por sus aguas. China es uno de los pocos amigos que le quedan a Zimbabue y es de sobra sabido que la represión a la población no es algo que quite el sueño a los capitacomunistas del partido central. A China lo que le interesa es la continuidad.

Poco antes del golpe de Estado, el líder del Ejército viajó a Pekín. Todo apunta que buscaba el visto bueno para las acciones que estaban a punto de desarrollarse. Desde la Administración china evidentemente niegan la mayor, pero desde el año 2000 China tiene 120 proyectos en Zimbabue que oscilan desde las compañías de telecomunicación, a la educación y la construcción pasando por los sistemas eléctricos. Uno de los principales damnificados económicamente de un supuesto conflicto en Zimbabue sería China y Grace Mugabe amenazaba la continuidad. Así que, nada como cambiar para que todo siga igual.

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