¿Ser joven en España es un problema?

La brecha generacional queda patente en España y las políticas parecen no ayudar a los más afectados: las nuevas generaciones que se enfrentan a sus propios retos. Hemos desgranado algunos de estos problemas recogidos en El muro invisible, el nuevo trabajo de Politikon.

Ser joven ya no es lo que era. Temporalidad laboral, maternidad tardía, problemas de emancipación… Son fenómenos sociales, consecuencia de una triple crisis económica, social e institucional, a los que se enfrentan los llamados milénicos en su paso a la vida adulta. A ello se une el tono condescendiente que acarrea la etiqueta joven en muchas ocasiones: “No tienes experiencia”, “careces de instinto”, “te falta empatía y motivación”. En definitiva: eres un desastre y no estás altura de tus mayores. Pero ¿hasta qué punto esto es verdad? ¿Ser joven es un problema? El muro invisible. Las dificultades de ser joven en España (Debate, 2017), del colectivo Politikon, ofrece una completa radiografía de la generación nacida entre los 80 y los 2000 que, más allá de ser un análisis con tintes vengativos, deja entrever las consecuencias y puntos débiles de las distintas brechas generacionales en España, las cuales si bien estaban latentes años atrás, han resurgido con fuerza con la recesión económica. Plasmamos algunos de estos puntos -aunque el colectivo ofrece igualmente una disección del comportamiento político de los jóvenes y su traducción electoral- que conforman los ladrillos de este muro.

¿Viviremos peor que nuestros padres?

Un 84% de los españoles menores de 30 años cree que sí, según los datos recogidos en el libro. ¿A qué viene ese pesimismo? La razón viene de la mano de la crisis: “la situación económica de los mayores con respecto a la población en edad de trabajar ha mejorado mientras que la de los jóvenes empeoraba”. Una brecha generacional acentuada por la recesión económica, que hizo que el conjunto de los jóvenes se empobreciera más que ningún otro grupo de edad –perdieron una cuarta parte de su renta y, por ende, su riesgo de caer en la pobreza pasó entre 2005 y 2016 del 23,6% al 40%–. Los milénicos se han llevado la peor parte de esta crisis por distintos motivos; entre ellos la sensibilidad a los ciclos económicos que se tiene a lo largo de la vida: “los jóvenes, están menos protegidos ante una crisis porque no tienen ahorros ni propiedades […]. Dependen de su trabajo como fuente de ingresos, que es lo primero en desaparecer cuando llega la recesión”. Pero también la recuperación del empleo para los jóvenes resulta más lenta y larga: “al iniciarse la crisis, la tasa de ocupación de los menores de 30 años era del 71%. Más de dos tercios de los jóvenes que querían trabajar podían hacerlo. En lo peor de la crisis, la tasa de ocupación de los jóvenes llegó a caer por debajo del 50%. Hoy sigue siendo nueve puntos inferior a la de 2008”. Y todo ello tiene un claro efecto negativo para en ámbitos como la emancipación del hogar paterno, el acceso o adquisición a una vivienda propia, la posibilidad de tener hijos o la emigración. En el caso de las tres primeras, existe un claro retraso en la toma de decisiones en comparación con sus padres. Según recoge El muro invisible, el economista Florentino Felgueroso calculaba que en 2016 menos de un 22% de los menores de 30 años había dejado el hogar paterno, frente al casi 31% de 2007, lo cual sitúa a España como un país con una de las tasas de emancipación más bajas de nuestro entorno. La compra de una vivienda también se ha visto afectada por el ciclo y la explosión de la burbuja inmobiliaria y una serie de políticas públicas “que no han ayudado a romper la relación entre emancipación y compra de vivienda”. Nos enfrentamos también a un cambio demográfico tremendo en el cual el proyecto de ser padres y madres se ve como “una misión imposible”. España, junto con Italia, es uno de los países europeos donde más tarde se tienen hijos: “en 2016, las madres españolas dieron a luz su primer hijo a los 32 años”. Igualmente, es uno de los países con menos hijos: “de 2’9 hijos por mujer en 1975, se ha pasado a 1’3 en sólo 40 años”. Asimismo, en “estos años ha aumentado la edad de las madres, ha caído la fecundidad y los niños tienen cada vez menos hermanos”. Estos bajos niveles vendrían dados por múltiples razones desgranadas en este trabajo, como la democratización de los métodos de planificación familiar, el retraso en la entrada al mercado laboral por la extensión de la formación, la situación económica de los jóvenes, la inestabilidad laboral o el cambio cultural y la incertidumbre respecto al futuro. Otro de los puntos clave analizados es el auge de la emigración a raíz de la crisis económica. “Según el INE, entre 2008 y 2016 dejaron nuestro país unas 500.000 personas nacidas en España y unos tres millones nacidas en el extranjero. En 2013, el registro oficial decía que entre 2008 y 2012 [años de recesión en los que se produjo un estallido del número de salidas] se habían producido 225.000 salidas de españoles al exterior”, reza en El muro invisible. ¿Qué relación tiene esta nueva emigración con los jóvenes? Ellos son sus protagonistas: “el 65% de los emigrantes de larga duración tienen menos de 35 años” y el perfil más común es el de aquellas personas con mayor nivel educativo. Además “de los universitarios españoles que complementaron su formación en plena crisis, un 8% reside en el extranjero cuatro años después; el doble, un 16%, ha vivido fuera de España en algún momento después de acabar su carrera”. Los jóvenes se han visto empujados a emigrar o han decidido probar suerte fuera de España por diversas razones bien profesionales, académicas o personales. No obstante, a muchos les empujó la búsqueda de una alternativa que no encontraban en su país. Pero ¿dónde radican las raíces de estas dificultades? La educación, el mercado de laboral y el Estado del Bienestar son tres claros desembocantes, y a ellos dedican una serie de capítulos desgranando el bloqueo existente en cada uno de ellos.

¿El problema radica de la educación?

Atendiendo a las cifras, ni los jóvenes actuales están peor preparados que los de antaño, ni existe evidencia de que sean impacientes. Los problemas, según El muro invisible, vienen dados por tres vertientes: la alta tasa de abandono escolar, el número elevado de repetidores y la preocupante desigualdad. Los datos vuelven a mostrar una radiografía de este ámbito: un 34% de los jóvenes españoles sólo ha estudiado Educación Secundaria básica o inferiores -el peor país de la UE en esta estadística-, si bien el porcentaje de aquéllos con estudios universitarios es alto, un 41% -por encima de la media europea-. Una polarización que ya deja entrever algunos problemas del sistema educativo. En cuanto al abandono, España está a la cola: “en 2016, el 19% de los jóvenes españoles tenía como nivel máximo la ESO, mientras que la media de la UE era del 11%”. No obstante, el libro recalca que al hablar de abandono escolar en España “hay que tener en cuenta que no se trata sólo de casos en los que los estudiantes se descuelgan al acabar la ESO, sino de un grupo relativamente grande de jóvenes que abandonan el sistema formativo antes del graduado”. A ello se suma la tasa de repetición: “en 2012, un tercio de los estudiantes españoles de 15 años había repetido por lo menos una vez”. De los 35 países de la OCDE, España sólo es superada por Bélgica y Portugal.  Además, está demostrado empíricamente que la repetición “no ayuda a mejorar las notas de los estudiantes ni a nivelarlos con el resto”, sino que se trata de una “política a menudo arbitraria e injusta que se ceba con los más rezagados”. De hecho, ciertas dinámicas derivadas de la repetición como  pueden ser la humillación, el tedio o los malos resultados “son el preludio del abandono escolar.

¿La culpa está en el mercado laboral?

El mercado de trabajo español cuenta con dos rasgos distintivos: hay muchos trabajadores parados y muchos temporales. Ambos aspectos son sufridos especialmente por los jóvenes, si bien la cuestión principal es la falta de empleo. Aquí debemos, igualmente, distinguir dualidad laboral entre los indefinidos (estables) y los temporales (precarios). Son estos últimos los más preocupantes: “en ningún momento de las últimas tres décadas el porcentaje de contratos temporales sobre el total de trabajadores españoles ha estado por debajo del 20%. […] y “en ningún momento esta forma de contratación ha dejado de afectar de forma desproporcionada a los jóvenes”, cuya tasa de temporalidad supera el 50%. Y son ellos quienes, en una economía segmentada como la española, se convierten en los primeros en ser expelidos en época de recesión ya que se encuentran en el lado más débil del mercado: “en este caso y de manera muy desproporcionada, se trata de menores de 24 años con poco recorrido en el mercado laboral”. Junto a la temporalidad, la destrucción del empleo, la pérdida de un puesto de trabajo o la precariedad son otros de los desafíos a los que hacer frente en este ámbito.

¿Cómo influye el estado del bienestar?

Hemos de tener en cuenta que el estado del bienestar de la posguerra se apoyaba en dos pilares: “una población de trabajadores suficiente para mantener a los inactivos y un modelo de familia tradicional”. Ambos se tambalearon en la segunda mitad del siglo XX. Pero uno de los aspectos fundamentales del estado del bienestar en los que se fijan los autores de El muro invisible es la medida en la que se redistribuye entre generaciones: los jubilados son beneficiarios mientras que los jóvenes son contribuyentes. Un contrato, un pacto intergeneracional solidario que, atendiendo a los problemas desarrollados, cada vez es más sensible y menos sostenible. La situación es bien distinta a la de años atrás: “en el caso de España, desde 1960 la población mayor de 65 años ha pasado del 8 a más del 20%. En ese mismo periodo, la edad mediana ha aumentado en más de 10 años: ha pasado de los 30 años en 1960 a los 43 en 2017″. ¿Qué suponen estos cambios? Una modificación de los términos de este contrato entre generaciones tanto en ingresos, como gastos o política. Es cierto que el Estado del Bienestar redistribuye, pero lo hace “en un sentido determinado y no hacia los jóvenes”. Como ya vimos al principio, el sistema español “no ha sido nunca muy efectivo reduciendo la pobreza infantil y juvenil” y sí la de los jubilados. A ello se suman una serie de cambios sociales inevitables y paralelos al progreso de la sociedad -como la conquista del espacio público por parte de las mujeres asociada a “una visión feminista y progresista que apuesta por un mundo con roles de género simétricos”- que piden una adaptación del Estado del Bienestar tradicional a las expectativas y demandas de las nuevas generaciones.

Así las cosas, ¿no hay remedio?

Llegados a este punto, cabe preguntarnos si ser joven es un incordio. Partamos primero de que ser joven no es un “estado permanente”. Quizá tú ya no eres joven, como indica Kiko Llaneras en este artículo de Jot Down:

“Dejar de ser joven es reconocer que has aprendido suficiente para ser útil. Significa que no eres un chaval que se sacrifica invirtiendo en su yo del futuro: tú eres el del futuro. Querrás cosas razonables como un salario digno y un horario humano. Y tendrás, quizás, responsabilidades esperándote en casa al salir del trabajo: hijos que bañar, amigos que socorrer, padres que cuidar. Ser un adulto, y que te reconozcan como tal, significa que nadie ignore esas cosas”.

Por otro lado, se llega a la conclusión de que los jóvenes son los que parten con desventaja en el sistema español: se han convertido en los perdedores de la crisis. Para intentar dar la vuelta a esta situación, El muro invisible propone una serie de medidas posibles ligadas con intervenciones públicas para paliar los retos y problemas que se desgranan, además de reformular este pacto intergeneracional, de forma que se revise la base de una nueva estructura económica, política y social. Como recalcan los autores, la intención “no es ser revanchistas”, sino enfrentar los problemas de los jóvenes y otorgarles mayor peso ya que “es un beneficio colectivo”. Entre ellas destacamos: fomentar las ayudas al alquiler; la eliminación de la repetición en el sistema educativo, así como hacer más fácil el acceso a la formación profesional y blindar la atención individualizada; igualar los niveles de la protección contra el despido; impulsar la mochila austriaca; la protección al desempleado y las políticas de demanda; la creación de ayudas para la primera infancia, potenciar la baja por paternidad, una mejor política de natalidad y la adaptación de las políticas a los nuevos modelos de familia; reforzar el papel económico de las mujeres; apostar por un nuevo Estado del Bienestar inclusivo en el que jóvenes, mujeres y niños estén en el centro de la estrategia de gasto; seguir con el factor de sostenibilidad de las pensiones; y, por último, una política de ingresos mínimos.

Inmaculada Montes Written by:

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