Los monjes budistas que exterminan musulmanes

Russell Watkins/Department for International Development-UK AID En la imagen, protesta de rohingya en el campamento de refugiados de Cox’s Bazar, en Bangladesh

El budismo no es siempre el remanso de paz que presuponemos. Esta es la historia de la minoría musulmana rohingya, perseguida en Birmania

Cuando uno piensa en el budismo, lo más habitual es que a la mente lleguen imágenes de monjes retirados en paz, templos con estatuas de señores gordos que sonríen llenos de bonanza, alguna novela de Hermann Hesse… y hasta puede que la decoración de un bar ‘cool’. Siempre ha quedado muy chic vender cócteles que insultan al salario mínimo en un local con música chillout de fondo, con fuentes que propician el ambiente zen y con un gran Buda presidiendo el centro del local. ¿Se imaginan la misma escena con un Cristo de madera crucificado en el medio del bar mirando a los clientes como diciendo “ese vino es mi sangre”?

El budismo es la religión que mejor imagen de marca tiene. La gente lo relaciona con lo bueno, la paz y la tranquilidad y, de hecho, es que en las enseñanzas de Buda se descarta cualquier tipo de violencia, tanto contra otros como contra uno mismo y sin excepciones de defensa propia. Ni siquiera existe ninguna lectura que deje un resquicio para interpretar una especie de guerra santa ni nada por el estilo.

En nuestro imaginario estereotipado dejamos para los musulmanes la imagen de extremistas que asesinan a los que rezan en otro idioma. Sin embargo, numerosos líderes budistas a lo largo de la historia y del mundo se las han apañado para hacer malabares con los preceptos budistas, en un discurso demasiado complejo como para abordar aquí. La violencia de los budistas no es nada nuevo. Tailandia, Sri Lanka, India… nacionalismos, activismo político… y, en el caso más reciente y llamativo, el exterminio por parte de monjes budistas de la minoría musulmana de los rohingya en Birmania.

La minoría rohingya, provenientes del estado birmano de Rakáin, está considerada por la ONU como uno de los pueblos más perseguidos del mundo. Según un informe publicado por Médicos Sin Fronteras, desde agosto hasta finales de 2017 se registraron los asesinatos de 6.700 rohingya en el país. El desglose de la cifra es todavía más macabro: 730 de los muertos eran menores de 5 años, el 69% murió a causa de disparos, el 9% fueron quemados en sus casas y el 5% fueron apaleados. Además, tanto Human Rights Watch como la cadena BBC aseguran que en la frontera de Birmania hay minas antipersona para los refugiados que huyen hacia Bangladesh.

Este problema no es un desencadenante único del budismo, es el propio Estado el que comete estas barbaridades amparándose en que están combatiendo al grupo terrorista birmano del Ejército de Salvación Rohingya de Arakán (el antiguo nombre que recibía Rakáin). Sin embargo, en un país con cerca del 90% de la población budista, la voz de los líderes religiosos cobra especial importancia.

El perseguidor de los rohingya: Ashin Wirathu, el Bin Laden birmano

Y aquí es donde entra Ashin Wirathu, un monje budista que tras su túnica naranja y cabeza rapada esconde una persona a la que no le molesta que le llamen el Bin Laden birmano. En una entrevista para la revista Time aseguraba que “los musulmanes se están reproduciendo muy rápido y están robando a nuestras mujeres, violándolas. Les gustaría ocupar nuestro país, pero no les dejaré, tenemos que mantener Myanmar budista”.

También cree que “cuidar de la religión y de la raza es más importante que la democracia” y cuando le preguntan por la violación sistemática de mujeres rohingya su respuesta es que eso es “imposible porque sus cuerpos dan demasiado asco”. Y se ríe.

Los rohingya llegaron a Rakaín provenientes de Bengala Oriental (actual Bangladesh) en el siglo XIX, bajo el colonialismo británico. No es un secreto que a principios del siglo XX fueron autores de numerosas oleadas de violencia, intentaron crear un estado independiente y también anexionarse a Pakistán, país musulmán. Pero cuando los británicos salieron de la región, las tornas se volcaron contra ellos.

Es algo común en el colonialismo dejar el país a su suerte. Pasó, por ejemplo, en Palestina con los británicos y en Ruanda con los belgas. En el país africano, cuando a Bélgica le dejó de interesar arropar a la élite tutsi y les dio por defender eso de la democracia, el país dio paso a un genocidio en el que asesinaron al 75% de la población tutsi. Y sigue pasando en Irak donde la democracia impuesta por Estados Unidos no sabe cómo hacer para que la liberación de un territorio de manos del Estado Islámico no resulte en la masacre de su gente. Es una fórmula casi matemática en cuyos factores en Birmania hay que incluir medio siglo de colonización y las 135 etnias que tiene.

La imagen de la que disfruta el budismo es una que contrasta con su actividad política. En 1963 un monje se inmoló en Saigón, Vietnam, dando lugar a una de las imágenes más icónicas del siglo. También en el Tíbet los monjes han sido un actor fundamental en la protesta contra la represión china. En Birmania, protagonizaron en 2007 uno de los enfrentamientos más grandes que sufrió la dictadura, ahora maquillada bajo una democracia tutelada. Han sido en parte responsables de que la actual presidenta de facto (de facto porque no se lo permite la Constitución pero es realmente quien gobierna) Aung Suu Kyi esté donde está.

El monje Ashin Wirathu es la cara visible de un budismo extremista que habita tranquilamente en Birmania, con la complicidad del Estado y con su palabra es capaz de desatar una oleada de violencia que resulta en la quema de mezquitas y la muerte de musulmanes. Su discurso cala y aunque no es el artífice último de la xenofobia, que responde a una cuestión social, sus palabras son las que más alto se escuchan. Está convencido de que los musulmanes quieren lograr una conquista demográfica y desde el Gobierno hay algunos que piden que las musulmanas no puedan tener más de dos hijos. Se niega a usar el término rohingya para usar bengalí y así defender la idea de que los musulmanes no son birmanos. Cuando en noviembre el Papa Francisco visitó Birmania se vio obligado a no poder decir la palabra: rohingya.

Este budismo exterminador no es exclusivo de Birmania. También está sucediendo actualmente en países como Sri Lanka o Tailandia y se trata de un fenómeno muy interesante que pocas veces es tratado por los medios de comunicación. Aquí entran en juego diversos factores, como que el Islam comió territorio a países antaño budistas, un ejemplo es Pakistán, y que el repunte de extremismo islamista en esas regiones de Asia se encuentra con una reacción budista.

Aunque, tal y como se ha dicho, la línea que define a los buenos y los malos es muy fina. Hay una escena que define muy bien lo que está pasando con los rohingya. En una crónica del periodista del New York Times, Jeffery Gettleman que recogieron Max Fisher y Amanda Taub en su columna The Interpreter:

Cientos de mujeres estaban en el río, a punta de pistola, recibiendo la orden de no moverse.

Un grupo de soldados se acercó a una joven mujer de ojos marrón claro y mejillas delicadas. Su nombre era Rajuma y el agua le cubría por el pecho, donde llevaba a su bebé, mientras su aldea se quemaba detrás de ella.

“Tú”, dijeron los soldados apuntándola.

Ella se paró.

“¡Tú!”.

Y ella apretó a su bebé contra el pecho.

En un instante, los soldados golpearon a Rajuma en la cara, le arrancaron al bebé que lloraba de sus brazos y lo tiraron a una hoguera. Luego la llevaron a una casa y la violaron entre todos.

Al final del día, la vi corriendo por el campo desnuda y cubierta de sangre. Ese día había perdido a su hijo, a su madre, a sus dos hermanas y a su hermano pequeño, todos asesinados delante de ella.

Eso podría estar pasando ahora.

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