Año nuevo en China, o las tres miradas del barrio de Usera

El distrito madrileño de Usera celebra el Año Nuevo chino. Tres miradas bien distintas enfocan la realidad sobre un barrio bañado por la diversidad cultural desde hace 20 años

TEXTO: SHANTI ANDIA. IMÁGENES: DIEGO R. VEIGA

Cuando Sergio observa al primer dragón de colores chillones que baila entre balanceos por la calle principal del barrio de Usera, en Madrid, su rostro adopta una expresión de ilusión enloquecida. Es la misma expresión a la que se acogen los niños cuando disfrutan de algo sin saber a ciencia cierta por qué.

Pero ahí está él, moviendo todo su cuerpo al ritmo de una bestia mitológica reducida a papel y plástico. Señala, se ríe y vuelve corriendo a contarle a su padre lo que acaba de ver. Hace eso tres veces más antes de que me acerque yo a ellos.

“Que te caes, que te caes”, grita Pablo a corta distancia al ver a Sergio trastabillar por un escalón mal encajado. Pero el chico toma control de su cuerpo en cuestión de segundos, se estabiliza y sigue corriendo de un lado para otro. “Es que no para”, me dice Pablo, poniendo su mirada en mí pero sin perder de ojo a su pequeño.

Yo le pregunto si Sergio sabe algo. Él me dice que lo nota, que a veces pregunta, y que ellos –señala a su mujer– se lo van explicando de forma intermitente, con cuidado y tacto, pero con intención de que sea consciente desde el principio de que su situación es “algo diferente”.

Maite, la esposa de Sergio, nos mira de reojo, pero se mantiene en primera fila, con su hija a hombros, disfrutando de un colorido pasacalles que celebra la entrada del Año Nuevo chino. Esta festividad, la más importante del calendario lunisolar propio de varios países orientales, comienza el primer día del primer mes lunar. Es decir, con la llegada de la luna nueva más distante entre el solsticio de invierno y el equinocio de primavera. Termina dos semanas después, con la celebración del Festival de los faroles.

Por eso en Usera todo el mundo lleva ahora máscaras y gorros con orejas que animan aún más esta milenaria tradición oriental, incluido Sergio. “Todavía es muy pequeño e inocente para entenderlo bien, y preferimos que pregunte a llenarle la cabeza de ideas que puedan confundirle”, añade Pablo después de gritar otra vez a su hijo para que tenga cuidado.

“Sergio sabe que nació muy lejos de aquí, pero creo que lo ve como algo bonito”

Sergio tiene seis años, pero lleva poco más de cinco viviendo en España. Nació en una región de Hubei, una de las 22 provincias que componen China. Antes de cumplir un año de vida fue dado en adopción. Tras muchos –”muchísimos, una lucha”, dice su padre– trámites, llegó a la casa de Getafe de Pablo y Maite.

“Sergio sabe que nació muy lejos de aquí, pero creo que lo ve como algo bonito. Es lo que queríamos”, me explica. Maite se acerca y veo que la niña que lleva de la mano es de origen sudamericano. Me pregunta quién soy y Pablo se adelanta para explicarle por qué estábamos hablando.

“Es una cabra loca, pero es un amor y muy inteligente”. Les pregunto por su reacción si, llegado el momento, Sergio quisiera conocer sus orígenes, su familia biológica. “Es que nos vamos a China si quiere”, contesta Maite, y sigue: “De hecho lo hemos traído aquí para que vea lo bonito que es el lugar del que viene, aunque no lo entienda”.

Vuelvo a mirar al chico, que parece observar las danzas populares de su país de origen como si fueran un espectáculo de lo más normal en esta zona. Para él, y de momento, será solamente eso: una actividad diferente de un domingo más. Intercambio un par de palabras más con ellos antes de que Sergio se acerque nuevamente, pase de mí y le pida a su padre acompañarle a ver la fiesta más cerca. Y se marchan los cuatro mientras continúa el desfile.

Sergio pertenece a esa generación de niños que conforman los últimos coletazos del ‘boom’ de la adopción que vivió España a principios de los 2000 y que ha ido decreciendo de forma constante, acentuando su bajada en los últimos años. Desde 1997, más de 54.261 menores han sido dados en adopción a familias residentes en nuestro país; menores de origen extranjero totalmente imbuidos por la cultura y las costumbres patrias. Lo que conocemos como tradición española. En 2011, 677 niños chinos llegaron a España. Entre ellos, Sergio, que tiene nacionalidad española, pero, ayudado por sus padres, está conociendo poco a poco el pasado y presente del país que le vio nacer.

El desfile avanza, y un grupo de mujeres de éxoticos uniformes mueven sus pies y sus abanicos al son del sol y el viento. Cientos de personas se agolpan frente a ellas con intención de fotografiar el momento. Para muchos no deja de ser curioso que Madrid acoja y celebre este tipo de festividades de forma tan grandilocuente, pero tiene su porqué: Usera es considerada vox populi el barrio chino de Madrid.

Entre sus calles se han ido levantado desde el año 2000 numerosos espacios con rótulos de legibilidad inaccesible para quienes no están familiarizados con este sistema de escritura asiático. Ahora, más de 11.000 chinos residen aquí, regentando desde restaurantes hasta autoescuelas. En consecuencia, también han acomodado sus fiestas, costumbres y tradiciones, contribuyendo así a una extraña y rica diversidad en un barrio otrora desangrado por la drogadicción y una notable tasa de criminalidad.

Mei –escribe su nombre en un papel para evitar errores– es una de esas miles de personas que dejaron atrás su hogar para instalarse en España en busca de un futuro más estable. Dejó Shenzhen en 2006, con 27 años, animada por sus padres. Su hermano ya se había instalado unos años antes en Madrid, así que no tuvo grandes dificultades para comenzar de nuevo.

“Hablar era difícil, pero ya no tanto”, dice, y se ríe. Ahora tiene 38 años y es dueña de un pequeño bazar. Entré para comprar un par de cigarros, me preguntó si me estaba gustando el desfile y aproveché para hablar con ella.

“En Shenzhen es todo más grande, más serio”

“Es muy bonito aquí, pero no es así”. Según me dice, la celebración que hay de puertas para fuera no se asemeja mucho a la que tiene lugar en China. “En Shenzhen es todo más grande, más serio”. Intenta utilizar otro adjetivo para definirme con más precisión la diferencia, pero no logra dar con él. Acabo entendiendo que Mei se refiere a que en su ciudad de origen el Año Nuevo se vive con alegría, pero también con solemnidad y rituales de formalidad mucho más estrictos. Es un día muy importante para ellos.

Le pregunto si ha vuelto a viajar a Shenzhen, y me dice que normalmente vuelve a casa por estas fechas, pero este año no ha logrado reunir el dinero suficiente y que lo intentará cuando ahorre un poco más.

En Mei encuentro la persona que buscaba. Rehúsa a deshacerse de su pasado. Prefiere vivir bajo las rutinas folclóricas que le inculcaron de pequeña. Estas son ahora para ella una suerte de recuerdo que mantiene en su día a día. “Me gusta más mi comida que la de aquí”, continúa, y vuelve a reírse.

Sin embargo, no duda en alabar la acogida y el trato que ha recibido desde su llegada a Usera: “Nunca he tenido problema por no ser de aquí”. Me habla del respeto que ha sentido siguiendo unas costumbres muy distintas. Por lo que sabe, en otros países no permiten que eso suceda. Mei me deja de lado para atender a un hombre a la espera de pagar por un refresco. Me despido de ella y vuelvo nuevamente a la calle.

“Mis padres son de China, pero yo he nacido en España. Yo soy español”

El desfile acaba, y una masa de gente se pierde entre las calles. La música, los gritos, las risas y los atascos en aceras estrechas desaparecen totalmente al cabo de una hora. Usera vuelve a su melodía habitual. Y yo, tras tomarme una caña, hago lo mismo que el resto, y pongo rumbo al metro.

Por el camino encuentro a Zhou, de 16 años, sentado en un banco. Está hablando con otros dos chicos, pero les interrumpo tímidamente. “Mis padres son de China, pero yo he nacido en España. Yo soy español”, me dice. A los pocos segundos de hablar con él me sorprendo por el acento madrileño tan marcado que tiene. Arrastra las ‘eses’ y tiene dejes de laísmo, y pienso que soy un cateto por relacionar sus rasgos orientales con una posible dificultad para pronunciarse en español.

“Ellos –gira la cabeza hacia sus acompañantes– entienden español pero no hablan mucho, solo palabras sueltas. Vinieron hace dos años y estamos en la misma clase”. Yo le pregunto qué le ha parecido el desfile. Creo que me ha calado, porque me dice muy serio: “Esto es porque tengo cara de chino, ¿no?”.

Yo me pongo nervioso y le pido disculpas si le he ofendido. Él se empieza a reír. “Es coña, tío”. Se dirige a sus dos amigos, creo que les cuenta qué ha pasado y los otros dos se ríen también. Creo que se están riendo de mí en mi cara, y creo que me lo merezco un poco.

Quizá le he dado un poco de pena a Zhou, porque empieza a hablarme de su familia sin haberle preguntado nada más, como si el hilo no se hubiera roto. Me cuenta que sus padres emigraron a España con veintipocos. Tenían conocidos en Madrid que les animaron a dar el salto y afincarse en España. Zhou no ha viajado nunca a China, y no sabe si sus padres se mudaron alguna vez tras llegar a España. Simplemente afirma que lleva toda la vida en Usera. Ahora viven los tres del bar que regentan sus padres en Villaverde.

“Está guay, pero a ellos les gustan más estas cosas porque les recuerda un poco a China”, me dice mientras vemos pasar a dos jóvenes vestidos con trajes populares. Se refiere a la celebración del Año Nuevo chino que ha tenido lugar en su barrio. Le pregunto si sus padres siguen celebrando en España algún tipo de tradición propia de su país de origen más allá de la entrada del Año Nuevo, y me dice que preparan muchos platos típicos de allí que no se encuentran ni en su propio bar, pero poco más.

Pregunto a Zhou si ellos –sus padres– han tenido intención de que conociera sus orígenes, las costumbres y tradiciones del país. Él me responde: “Mi tradición es esta, es la española, y no la de un sitio que está a tomar por culo“.

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