Ser becario, un privilegio

¿Qué pasa con quien no se puede permitir cobrar poco o nada en unas prácticas en empresa?

Usualmente tendemos a hablar de los becarios como el eslabón más débil de la cadena, y lo son. Pero la falta de equidad en nuestro sistema provoca que, en determinadas circunstancias, incluso ser precario sea un privilegio (que cantaba para ‘Remontando’ Leo Rama). Porque no todos pueden irse fuera, no todo el mundo puede cobrar poco, no todos necesitan el dinero para sobrevivir.

Crecimos creyendo que existía la igualdad de oportunidades, que si nos esforzábamos, lograríamos todo lo que nos propusiéramos aun proviniendo de circunstancias y mundos distintos. Pero la vida no funciona como propugna Mr. Wonderful. Y menos el mundo laboral. De eso nos hemos dado cuenta a lo largo de nuestro historial de jóvenes precarios posuniversitarios.

Evidentemente no existe una discriminación explícita –defendida por una ley, por ejemplo– por raza, género o clase que impida avanzar a quien lo desee. Pero es de cajón que nuestros padres no son de la misma extracción social; que las mujeres, desgraciadamente, chocan con dificultades que los hombres no encuentran. Por eso, aunque exista la igualdad de derechos, no todos tenemos las mismas oportunidades para tener éxito. Si eres de clase baja, quizá no llegues al mismo punto en el escalafón social que los que parten de más arriba, aunque luches muchísimo.

Es la trampa que hemos ido descubriendo poco a poco y en la que últimamente no podemos dejar de pensar. Es nuestro día a día. Los universitarios solemos acceder a una beca para trabajar (realmente, “formarnos”) en una empresa con un sueldo que no suele superar los 300 euros, si es que existe alguna remuneración. En algunos sectores estas prácticas son fundamentales para acceder al mercado de trabajo sin contactos. Pero ¿qué pasa con quien no puede permitirse cobrar mal o nada?

Hablaba recientemente del tema la politóloga y doctora en Ciencias Políticas Berta Barbet -del colectivo ‘Politikon’ y coautora del libro ‘El muro invisible’-, sobre las dificultades de ser joven en España (que ya reseñamos hace poco). Y añadía: “Hay que hablar ya de la figura del becario, de poco sirve que hayamos universalizado el acceso a la universidad, si una vez acabada volvemos a construir muros para los desfavorecidos”.

Si tu familia te apoya económicamente, podrás hacer prácticas en espera de una oportunidad real, hasta que haya algún hueco o hasta que se fijen en ti. Si no, quizá no puedas aceptar el puesto. ¿Lógico? Nuestra sorpresa llega cuando vemos que los estudios y las fuentes que hablan sobre el tema apenas existen España, aunque los publicados a nivel internacional nos dan la razón.

Un artículo académico de la Universidad de Essex de septiembre de 2017, recogido por El País, asegura que los estudiantes que hacen prácticas no remuneradas suelen tener peores perspectivas en su carrera laboral futura, en comparación a los estudiantes que no las hacen.

No podemos obviar, como comentábamos antes, que los que pertenecen a una familia de clase alta quizá no tengan que pasar por ahí. Así lo aseguraba el profesor de Sociología de la Educación Xavier Martínez Celorrio, consultado por el mismo periódico: “Las prácticas no remuneradas son la vía de entrada para los alumnos sin capital social. Acaban encadenando trabajos de menor rango que los que activan sus contactos para acceder directamente. Es una desigualdad de origen social”.

El estudio también asegura que entre los becarios no remunerados hay dos clases: los de extracción social alta, que acceden a “posiciones deseables, de acceso competitivo”, que pueden desembocar en un puesto de verdad; y los de extracción social baja, que acceden a “posiciones potencialmente explotadoras, tomadas para obtener la experiencia necesaria, para aprender sobre una industria o porque no había otras posiciones disponibles”.

Becarios gratis en lo público: el caso de la UE

La falta de equidad se acentúa cuando tienes que desplazarte de tu lugar de origen. Y el problema político se agrava cuando son instituciones públicas, pagadas con el esfuerzo de todos, las que fomentan esta desigualdad. En España, según denunciaba el diario infoLibre, la mayoría de convenios firmados entre las universidades públicas españolas y los ministerios tampoco incluyen salario, aunque cuantificarlos es difícil al no estar dados de alta en la Seguridad Social.

Sin embargo, las denuncias en este sentido se han centrado en la Unión Europea y su poco desdeñable número de organismos al servicio de los ciudadanos. En marzo de 2017, dos organizaciones juveniles de la UE, el Foro Europeo de la Juventud y el Intergrupo de la Juventud lanzaron la campaña #fairinternships con motivo de denunciar las condiciones precarias en las becas en el seno del club comunitario.

Allí, el 8% de los becarios que trabajan para los diputados de la Eurocámara no reciben ningún subsidio y el 3% reciben menos de 300 euros; el 12% recibió entre 300 y 600 euros, un 32% entre 600 y 1000 euros y un 44% más de 1000 euros. Sin embargo, los líderes del movimiento atestiguan lo que nosotros vivimos día sí, día también: la desigualdad que provocan las becas mal o nada pagadas. Sobre todo si tienes que desplazarte a Bruselas o a Ginebra para trabajar y no vives en ninguna de las dos, algo común en la inmensa mayoría de becarios de la UE por pura lógica.

“Algunos becarios están en condiciones insoportables, y sólo unos pocos pueden permitirse el acceso a una larga práctica no remunerada, lo que trae aún más desigualdad”, aseguraba la copresidenta del Intergrupo, Tery Reintke.

La Defensora del Pueblo Europea, Emily O’Reilly, se hizo eco de la campaña y apuntaló la hipótesis: “Los períodos de prácticas en lo que en realidad es el servicio exterior de la UE pueden ser un trampolín significativo en las carreras de los jóvenes y deberían estar disponibles para el mayor número de personas posible”. No solo para los ricos. Lo que pasa por pagar bien. Y más si estamos hablando de instituciones.

Los efectos

¿Y cuáles son las consecuencias de esta desigualdad? Nos centraremos en dos, más allá de la evidente de nuestra precariedad e incertidumbre laboral, que señalan dos expertos: Mike Moffatt, economista y profesor en la Universidad de Western Ontario (Canadá) y el escritor británico Owen Jones.

En un artículo, Moffatt afirma que “los jóvenes de familias más ricas pueden permitirse aceptar trabajar gratis gracias a la subvención generosa del ‘Real Banco de Mamá y Papá’, mientras que los jóvenes de familias más pobres se quedan fuera”. Asegura que el impacto va más allá de la diferencia de ingresos. La falta de equidad “ralentiza el crecimiento económico, ya que los candidatos y los puestos de trabajo quedan desparejados”. Nos joden a nosotros directamente y a todos indirectamente, viene a decir el experto.

Por su parte, Owen Jones, en su libro ‘El Establishment: la casta al desnudo’, analiza cómo los poderes fácticos de un país acaban marcando su destino infiltrándose en todos los ámbitos de la sociedad y marcando cuál es la cultura hegemónica.

Para esta labor, los medios de comunicación tienen un papel fundamental como transmisores no solo de información, también de enfoques y de valores. “Los medios se han ido convirtiendo cada vez más en un coto cerrado para la gente de orígenes privilegiados” en Reino Unido, país objeto de su análisis, asegura Jones.

¿Y por qué? “En primer lugar, está la proliferación de prácticas no remuneradas, que obliga a quienes aspiran a pasarse épocas largas trabajando gratis, a menudo sin demasiada perspectiva de tener algún día un trabajo remunerado” (no hace falta que nos lo jures, Owen).

Solo quienes pueden vivir de los padres llegan a ser contratados en un periódico, por lo general, y transmiten su visión de clase. “Debido a que los medios de comunicación se nutren de manera desproporcionada del estamento más privilegiado de la sociedad británica (…) los periodistas están obsesionados con cuestiones que les afectan a ellos (…). El riesgo que entraña esto es que las prioridades de los periodistas acaben no teniendo nada que ver con las cuestiones que afectan a mucha gente normal y corriente y a muchos de sus lectores”.

¿Puede escribir con rigor una crítica a la sanidad pública alguien que no la ha utilizado? ¿Le dará la misma visibilidad a colectivos desfavorecidos un periodista que, por sus orígenes, nunca se haya juntado con la plebe? Los medios son correa de transmisión, y lo que plantea Jones es que, en determinados sectores, la desigualdad funciona como refuerzo de la cultura dominante.

No es una pataleta, no es una queja solo de quienes lo sufrimos, es una llamada de alerta a toda la sociedad: nos estamos dejando a muchos, muy buenas, fuera de las posibilidades y del sistema, precisamente porque el trampolín que debería auparles no funciona.

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Periodismo medioambiental, porque es necesario. De cualquier cosa, en realidad, si me dejan. Me encanta Pokémon y conservo cierta madurez emocional, todo a la vez. Estuve en infoLibre y en El Mundo de Málaga, y dirigí la puta locura de La Taberna Global.

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