El idilio de las dos Coreas y la soledad estadounidense

Imagen de archivo de un graffiti del artista australiano Lush Sux en Viena. © Bwag/Commons /Wikimedia

Los JJ.OO. de Pyeongchang evidencian un acercamiento entre las dos Coreas y abre una etapa de deshielo que deja a EEUU en una situación todavía incierta

Si no fuera porque es verdad, hasta daría la risa. La Presidencia de Donald Trump dejará para los libros una retahíla de momentos hilarantes. Están ahí sus ataques a los ilusos científicos que piensan que el cambio climático es un problema. Están sus ataques al FBI, a la CIA y a cualquiera que intente investigar las supuestas irregularidades de la campaña electoral. Está su hija Ivanka, que hace promoción de su marca de moda en el despacho oval. Está su mujer, Melania, que ha llegado ha llegado a primera dama con la cara del que se pone a jugar al Monopoly y se le va de las manos. Y tampoco hay que olvidar su diplomacia a hostias en la WWE, por cierto, una gran metáfora extrapolable. Si no fuera porque es verdad, hasta daría la risa.

Sin embargo, lo que (casi) más gracia hace es su rifirrafe con el líder norcoreano, Kim Jong-un. Es fácil imaginarse a Trump, con las escasas tres o cuatro horas que duerme al día y con el enigma que habita su pelo, desenfundando Twitter y llamando gordo y hombre-cohete al dictador. En plan ingenioso. “Si Corea del Norte sigue amenazando, contestaremos con un fuego y una furia que el mundo jamás ha visto”. Es para troncharse. Seguro que el carnicero, el tendero y la funcionaria surcoreanos que después del tajo quedan en su bar favorito de Seúl se parten hablando del tema.

Pero los Juegos Olímpicos de Invierno que arrancaron el 9 de febrero en Pyeongchang (Corea del Sur) han representado un paréntesis en medio de la escalada de tensiones. La competición deportiva ha servido de escaparate para numerosos simbolismos que ahora hacen palpable un deshielo entre ambas Coreas, alejando así la posibilidad de un conflicto nuclear. Y todo esto ha ocurrido ante el vicepresidente estadounidense, Mike Pence, que no sólo no ha logrado evitar que esto pase sino que además ha quedado relegado a un segundo plano. Y Seúl lo ha permitido.

El temor a Estados Unidos

Hay una pregunta que se hacen continuamente políticos y analistas y cuya respuesta marca la diferencia entre esperar un conflicto o no: ¿Cómo de locos están realmente Donald Trump y Kim Jong-un?

El hermetismo norcoreano dificulta que se sepa algo de su líder, excepto que ha sido suficientemente inteligente como para mantenerse en el poder y apuntalar su liderazgo, algo aparentemente muy complicado dentro de las dinámicas del Gobierno. Por ello se supone que tiene suficiente cabeza como para no desatar una guerra que perdería. En cuanto a Trump, muchos recurren a su libro ‘The art of the deal’, escrito cuando sólo era un humilde magnate, en el que dice que a la hora de negociar es preferible parecer un loco inestable e impulsivo y cambiar constantemente de opinión para desestabilizar al oponente y ver sus debilidades. Suena muy familiar.

Pero, tal y como es de esperar, a Corea del Sur no le apetece que su futuro dependa de si Donald Trump está loco o sólo lo parece. Porque hay que tener en cuenta que lo que haga Estados Unidos con Corea del Norte afecta antes a Corea del Sur que a Estados Unidos, y eso Trump no parece tenerlo en cuenta. Y tampoco le apetece que el dictador norcoreano esté lanzando misiles a diestro y siniestro ante la posibilidad de que haya un error de cálculo o fallo técnico y que caiga uno donde no tiene que caer, mate a quien no tiene que matar y desencadene una guerra que no tenía que haber desencadenado.

Ese hartazgo lo dejó claro el pueblo surcoreano en las elecciones del pasado mes de mayo. En un país en el que, tradicionalmente, la izquierda aboga por la cercanía y la derecha por la presión contra el régimen comunista, Moon Jae-in fue elegido como presidente, un izquierdista que en campaña había criticado abiertamente a Donald Trump.

El presidente de Corea del Sur, Moon Jae-in. Foto: Kremlin.

Moon, por su parte, anda cumpliendo y apostando por la convivencia con unas actitudes que rescatan la ‘Sunshine Policy’ que tuvo lugar de 1998 a 2008 con otra administración de izquierdas. La ‘Sunshine Policy’ es una base teórica para la política exterior de Corea del Sur que recurre a la cultura popular del país y por la cual se hacen regalos al enemigo para mejorar la relación y evitar un ataque. Así, el sur, mucho más flamante económicamente, ayudaba en el desarrollo a su vecino del norte. Y aunque cosechó buenos resultados –Nobel de la Paz incluido-, todo se vio torpedeado con la carrera nuclear del norte y la oposición de Estados Unidos.

Retomar esta idea parece lo más inteligente, teniendo en cuenta la escalada en la que se han inmerso Washington y Pyongyang, si se quiere evitar un conflicto bélico de consecuencias catastróficas. Aunque Estados Unidos es el principal aliado y garante de la seguridad de Corea del Sur, la deriva irresponsable de Donald Trump ha hecho que el temor real calara al ver que Corea del Norte avanzaba de manera rápida hacia una capacidad nuclear sin precedentes.

La desconfianza hacia Estados Unidos y, sobre todo, al inquilino de la Casa Blanca se puede ver desde dos frentes. El primero es que la opinión pública sobre el país norteamericano ha empeorado de manera escalofriante entre sus aliados internacionales. Según una serie de encuestas reunidas por ‘The New York Times’, el 87% de la población de Alemania piensa que Trump es “malo” y la confianza en Estados Unidos descendió del 59% al 22% tras su elección. En Reino Unido el 50% de la población lo considera peligroso, en Canadá el 84% está contra él y en Francia el 65% ve en Trump un personaje dañino para las relaciones entre ambos países. De todos sus aliados, sólo en Israel la opinión ha mejorado.

El segundo lado que explica la desconfianza hacia Estados Unidos en un conflicto en el que hace falta diálogo es que la Administración de Trump está optando por el belicismo frente a la diplomacia. En un artículo del último número de la revista Estudios de Política Exterior, José Ignacio Torreblanca cuenta cómo el presidente estadounidense parece haber declarado la guerra a su departamento de Estado, el organismo responsable de las relaciones exteriores. La hostilidad que Trump y el secretario de Estado, Rex Tillerson, han mostrado hacia la diplomacia se ha traducido en que más de 100 diplomáticos de primer nivel han pedido la excedencia o baja voluntaria en los 10 primeros meses de mandato del presidente y que los exámenes para acceder al cuerpo diplomático congregan ahora a la mitad de candidatos. A ello se suma que Trump pretende reducir un 31% del Departamento de Estado y aumentar un 15% el de Defensa.

Legitimar el régimen

Que Estados Unidos siga siendo necesario para Corea del Sur pero que ahora parezca algo peligroso de lo que es mejor alejarse es una victoria de Corea del Norte, que ha hecho lo imposible para poner bajo presión la alianza de su vecino con Washington. Pero no hay que ser ingenuo y creer que esto se debe simplemente a que se quiere una convivencia en paz y retomar el amor fraternal. Hay que saber que la convivencia es la situación política que a la larga legitimaría el régimen de Kim Jong-un, que es el fin último del Gobierno norcoreano.

Para lograr esa tensión entre los aliados Pyongyang ha rescatado la teoría de la disuasión utilizada en la Guerra Fría. Esta es una estrategia militar y política por la cual una fuerza nuclear menor disuade a una mayor ante el temor de las consecuencias. En otras palabras, aunque es evidente que Corea del Norte perdería una eventual guerra nuclear, el daño que puede infligir antes de caer es de tal magnitud que se descarta automáticamente la idea de un enfrentamiento armado.

Y ha funcionado. Eso sí, todavía queda muy lejos la idea de una solución al conflicto. El simbolismo queda muy bonito, pero hay que ver en qué se traduce (hasta el momento, en nada). También hay que tener presente que un futuro en el que no hay ningún enfrentamiento próximo es positivo, pero con el levantamiento de sanciones y la prosperidad de Corea del Norte se llevaría a cabo la legitimación de un régimen que muestra un absoluto desprecio a los derechos humanos. Eso sería la próxima cuenta pendiente y cuanto más mejore la situación del régimen, más difícil será combatirlo.  

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