Mad Cool, o las ventajas de no ir al peor festival de España

Colas interminables, cancelaciones de última hora, falta de seguridad y precariedad en los servicios básicos. Así ha sido nuestra experiencia en el Mad Cool Festival

Son las 18:20 horas pasadas en Madrid. El duo británico Slaves ya ha empezado a tocar. Al Cercanías que nos transporta a mí, a mis amigos y a otros cientos de personas le quedan unos minutos para llegar a la estación de Valdebebas. En los vagones se habla de música; de grupos, de setlist, de actualidad musical. Al terminar el trayecto, una oleada de euforia y entusiasmo propia de los festivales abandona el tren con intención de llegar lo más rápido posible a los escenarios. El Mad Cool Festival daba inicio a su tercera edición, y lo hacía con un cartel que parecía inmejorable. Prácticamente ninguno sabe el horror que se avecina.

A los pocos metros de la estación de Cercanías, una cola cuyo final no se alcanza a ver desde mi posición parece estar anclada y sin moverse. Me acerco a ella y veo un notable contraste de emociones: entre el nerviosismo y la ilusión por entrar pronto al recinto y la seriedad y el enfado propios de quien no está a gusto con la situación. Me acerco a una pareja y confirman mis sospechas: la cola es para todos; tanto para conseguir la pulsera con la que acceder al recinto como para acceder con ella ya puesta.

Una cola de dos kilómetros para entrar en el festival

En un hábil movimiento, mis amigos, con pulseras, han avanzado hacia el principio de la fila y han logrado pasar sin problemas al recinto. Como yo no tengo pulsera, he preferido esperar en la cola. Me pongo a caminar hasta buscar el final de la misma: después de casi dos kilómetros andando, encuentro su final. Por el camino he ido escuchando a varias personas decir que llevan esperando más de una hora para entrar, y aún no lo han conseguido. Me frustro porque sé que no podré ver a Slaves —quizá solo el final del bolo—, y rezo un poco para entrar a tiempo y ver a Eels.

No vi ni a Slaves ni a Eels. Tardé más de una hora en acceder al festival, una hora en la que la organización del evento no dio ninguna explicación sobre el porqué de tan larga cola —ni tampoco sobre por qué las personas que tenían ya la pulsera tenían que hacerla—, en la que el sol azotó con fuerza y en la que no había un puesto de emergencia destinado a darnos agua para pasar el mal rato. Y, por supuesto, una hora en la que el enfado y la desgana ya reinaban en un ambiente crispado y lejos de la excitación por ver a algunas de las mejores bandas del mundo en Madrid.

Zona de seguridad mínima, caos y falta de espacio

“Por lo menos veré a FIDLAR”, pensé antes de pasar el área de seguridad, una zona muy pequeña de control si se tiene en cuenta que unas 80.000 personas iban a pasar por allí a lo largo del fin de semana. Escuché a uno de los miembros del equipo que registraba ropas y mochilas en busca de objetos peligrosos decir a otro: “Esto es imposible”. Lo era.

Tampoco vi a FIDLAR. Nada más entrar, me dijeron que tenía que hacer una nueva cola para recoger la pulsera. Esta, si bien no parecía más larga que la primera, sí contaba con muchas más personas. El puesto, minúsculo. Los trabajadores, desbordados. En esta segunda fila el público empieza a explotar: hay indignación, silbidos, preguntas a los agentes de seguridad que circulan por allí intentando cercar el caos, pero “es imposible”. Todo ello, sumado a un bloqueo en una de las entradas, la del parking, por la que nadie podía acceder.

Logré acceder a la zona de conciertos a las 21:20 horas, justo a tiempo para ver a Tame Impala. Una vez pasado el segundo control donde te ponían la pulsera, la gente gritaba de alegría: por fin había podido pasar. Lo primero que pensé al entrar es que aquel lugar no estaba preparado para acoger a 80.000 personas. Sí lo estaba para meterlas, hacinadas, en busca de un espacio donde disfrutar, pero no parecía estar habituado para controlar la situación en casos de emergencia.

Algunos metros cuadrados de espacios tranquilos en los que sentarse entre concierto y concierto, pero con la constante sensación de agobio. Mi vista solo alcanzaba a ver a una masa de gente mal distribuida en un recinto que parecía por momentos quedarse pequeño. Y aún quedaba gente por entrar. Precisamente, justo en ese momento, leí en Twitter que aquellos que aún seguían en la cola habían tirado una de las barreras de seguridad: el enfado no dejaba de crecer.

Colas para todos los puestos de comida y bebida. Para todos. Una barbaridad de gente. Aquí entra en el factor la precariedad habitual de los festivales. Al margen de los precios, el habitual en festivales de esta índole, los trabajadores estaban desbordados: no sabían qué ofrecían, qué género quedaba o cuánto valían los productos. Esto no es culpa de los empleados, claro está, sino de apostar por un modelo precario de festival. Es culpa de apostar, en fin, por un modelo por el que el máximo rendimiento económico sea lo único importante, por encima del bienestar de trabajadores y consumidores.

Más información: Un despositivo de botellón para un festival de 80.000 personas, en El Mundo

Surtidores de agua: todos en el mismo sitio y secos

Los surtidores del que festival dispuso para facilitar agua potable a los consumidores se ubicaron además en una zona en concreto, según pude ver. Vamos, yo no vi en ningún otro lugar. La zona en la que estaban instalados estaba totalmente masificada. Es más, al poco de comenzar el festival los mismos ya se estaban quedando secos. Por la noche solo soltaban un pequeño hilo de agua. Por no hablar de que en la entrada se impedía el acceso de comida o bebida, algo habitual en cualquier evento del estilo, pero remitir a normas de seguridad alimentaria para impedir la entrada de un platano en una mochila o de una botella de agua mineral en plástico…

A otras cuestiones anecdóticas, fruto de una mala logística (baños sucios como nunca había visto), es imposible dejar de reseñar la abrupta cancelación en la segunda jornada de festival de Massive Attack. La bronca entre músicos y organización ya ha translucido en los medios de comunicación generalistas como el diario El País. Aunque los ingleses todavía no se han pronunciado, sí lo ha hecho la organización tratando de echar balones fuera: hicieron lo que pudieron para evitar una cancelación que llegó a altas horas de la madrugada para sorpresa y hastío del público.

Repartir culpas siempre es complicado, pero quien entiende de música sabe las precisas y remilgadas condiciones que suele poner para sus bolos el conjunto de trip hop. La comprensión del resto de músicos con sus circunstancias fue total, no así la de la propia organización, que en el artículo antes enlazado llega a asumir que “nadie pensaba que se solaparan —los sonidos de otros escenarios— más allá de lo típico de un festival”.

La consolidación y ocaso del Mad Cool

Este sábado el festival celebra su tercera jornada en un recinto en el que sí es verdad que se han mejorado las condiciones de acceso con respecto al primer día (nada podía ir a peor). En una sola edición ya son varias las polémicas que han envuelto a este evento que nació maldito y que ya el año pasado provocó una oleada de indignación con la muerte de un acróbata en mitad de un espectáculo.

A falta de ver cómo se desarrollan los conciertos este sábado por la noche, podría ser que a la tercera iba la vencida: la especulación empresarial ya habría jodido la posibilidad de un gran festival en la capital.

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