Remitente: Moscú I

A pesar del Mundial, es difícil saber cómo respira un país tan complejo como Rusia. Esta correspondencia es solo una aproximación

Querido Moro,

Llevo ya algunas horas en Moscú. Es pronto aún, pero este país se me hace extraño, lejano, como si no hubiera llegado a él, como si me faltara media hora desde las afueras. Noto la distancia más que en otros sitios exóticos. Quizás porque la diferencia de su cultura no se hace evidente a primera vista y produce extrañeza al no encajarla, o quizás porque es tan distinta, sin más.

Te escribo esta carta respondiendo a una que me mandaste en 2014. Disculpa la demora, tampoco tenía nada que decir. Recuerdo que hablabas de la universidad, de unos escritores que yo no conocía (y que ahora creo que sólo conocías tú) y de aquel profesor ecologista que por las noches era de la CNT y nos lo encontramos la víspera de la huelga general intentando quemar un contenedor sin éxito. Decías que yo sí sabía viajar. Me pregunto que querrías decir. A veces la releo en un ejercicio de morriña de mí mismo. Es como si el idealista ignorante de entonces fuera mi verdadero yo y el de ahora un derrotado que se niega a aceptar que sólo es uno más.

Rusia siempre me ha parecido fascinante. Le tenía ganas. Su historia sigue viva mientras que en la nuestra todo huele a cerrado, todo pasó hace ya demasiado. Sin embargo, aunque está cerca, gran parte se nos escapa. Antes de llegar leí un libro que rescataba la idea de Thomas Mann en la que una serie de personajes rusos se sentaban en dos mesas: la de los rusos buenos y la de los malos. Decía que en los buenos se podía meter a Tolstói, Chaikovski y Sájarov, y en la otra a los zares, a Stalin y a Putin. Hasta ahí la comprensión europea de Rusia.

Espero que mi viaje, aunque corto y presumiblemente superficial, me permita vislumbrar algo desde el entreabierto de la puerta, igual que tú espiabas a tu compañera de piso vascofrancesa. Aunque te joda reconocerlo, sabes que en lo íntimo al final se te escapaba, que era mucho y de sobra sin ti. Podemos jugar, ahora, a que yo soy tú, con el ojo en la ranura y la mano ociosa y Rusia tu compañera con su novio en el sofá pensando que ya duermes.

Este país nunca ha pertenecido más que a sí mismo. Si algún zar intentó acercarlo a Europa salió escaldado y las élites europeas siempre lo sintieron como algo raro. Evidentemente tampoco ha sido asiático… no ha podido ser otra cosa que ruso. Hubo un momento en el que fue algo, que a nosotros de tan jóvenes, tan raro, pero que fue tan verosímil que cuando Orwell imaginaba el futuro era con ello. Pero tras el 91 volvió a lo de siempre. ¿Te imaginas la soledad? Ser el país que más espacio físico ocupa en el mundo y sin embargo no acabar de pertenecer a nada, jugar a tu juego y sin nadie. Eso se tiene que colar en los ánimos desde la sociedad hasta la política, de abajo a arriba.

Intuyo que sobre esas costuras juntan los sentimientos más evidentes hoy en día: el patriotismo exacerbado, la desaforada muestra de lo militar como identidad de la nación y, sobre todo, su anti occidentalismo. Aunque la Guerra Fría acabó, sería ingenuo pensar que un modelo triunfó sobre otro para poner fin a la polarización. Aun así, me da la sensación de que los rusos lo tienen más presentes que por ejemplo los españoles. El enfrentamiento ya no va de ver quién tiene el arma nuclear más asesina, sino que va de influencia y cultura. Por eso ellos tienen Russia Today en tantos idiomas y meten mano en las elecciones que pillen y, por eso, nosotros les torpedeamos acuerdos sobre gaseoductos en Ucrania. Y la que se lió.

Ellos lo tienen más presente, quizás porque el Gobierno los arrastra a través de la dialéctica o quizás por algo más transparente. El caso es que en cierta forma les envidio, porque entre nosotros esas cuestiones interesan a analistas y cuatro frikis, entre ellos el pueblo es partícipe de la idea de nación y del lugar que debe ocupar en el mundo, mientras que nosotros nos limitamos al lugar que debe ocupar Cataluña en España y Amaya y Alfred en Eurovisión. Pareciera que el 98 dolió tanto que de manera preventiva no se volvió a pensar en global y que nos creímos los esfuerzos que el franquismo hizo para convertirnos en la nación más inculta de Europa.

Desde la ventanilla del avión he podido ver la Rusia que me imaginaba: un inmenso mastodonte de planicie blanqueada por la nieve, con las ciudades apretadas en sí mismas, separadas. No hay nada a medio camino ¿por qué iba a haberlo? ¿Qué utilidad tiene una pequeña aldea que cada vez que nieva hay que rescatarla porque el clima es duro e inmisericorde. Valiente el primer nómada que acampó ahí. Eso sí, es precioso.

Lo estuve apreciando hasta que el judío ortodoxo que estaba sentado a mi lado empezó a darme golpecitos con el sombrero. Era un tipo muy curioso, albino, y evidentemente iba hasta las cejas porque cada vez que le despertaba la azafata, con esas coquetas hoces y martillos que todavía adornan el uniforme de Aeroflot, no tardaba cinco minutos en dormirse y volver a darme golpecitos con el sombrero. También tuvimos un enfrentamiento geoestratégico por el reposabrazos. Siempre que se descuidaba para coger algo, yo clavaba el codo como quien no quiere la cosa y mantenía mi posición. Al final, dormido no controlaba su tamaño y me iba trasladando contra la otra esquina sin que pudiera hacer nada al respecto. Pobres palestinos. El pobre no comió la exquisita comida del avión porque no era kosher. Por un momento yo, con el pollo frío y seco en la boca, pensé que ser kosher sería la idea más maravillosa del mundo.

Bueno, te dejo, que Blanca ya se ha quedado dormida. Deberías conocerla. Mañana por la mañana vamos a ver la momia de Lenin. Estuvimos discutiendo mucho sobre cuándo deberíamos ver a Lenin, uno realmente no sabe cuál es la mejor hora para visitar a un líder comunista del siglo XX. La falta de costumbre… Creo que a Guevara lo vería por la noche, envalentonado por las copas me unía a él para hacer alguna yihad de turno. A Stalin, en cambio, después de comer un cordero de esos que crían con música clásica y beber un vino de esos tan viejos que seguro que no está bueno pero que nadie se atreve a decirlo porque cuesta demasiado caro. Con Stalin nunca se sabe cuándo se volverá a comer. A Gorbachov, un día que uno se sienta especialmente bajo de ánimo por alguna cagada… Pero para ver a Lenin no hay fórmula. Decidimos hacerlo a primera hora para que el resto del día perdurara la sensación de que esa mañana se había visto a Lenin. Por desgracia esos días no duran toda la vida.

Por cierto, Carolina ya me ha contestado. Dice que ahora mismo no se le ocurre nadie que necesite a alguien que trabaje de lo mío. Pero que si se entera de algo, me dice. Llevo toda mi vida laboral esperando que alguien se entere de algo y me diga.

Cuídate, hermano
D.

Continúa en la carta II y en la carta III.

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