Remitente: Moscú II

Diego continúa visitando Rusia, un país ¿improvisado? tras la caída del telón de acero

Querido Moro:

Hoy he visto a Lenin. Decirlo produce un eco extraño. He visto a Lenin. Era más bajito de lo que me esperaba, pero era él. Dicen que el pobre ha sufrido tanto baño de enzimas para preservar su momificación que ya es poco más que un esqueleto con la funda de un líder revolucionario, de uno de los grandes infuencers de la historia. Es como si sólo fuera un 20% de sí mismo. ¿No es esta acaso una maravillosa metáfora de tintes celestiales y mundanos?

¿Qué derecho hay?

Por qué alguien puede ver a Lenin y luego hacer bromas en una carta a su colega. Qué derecho a ello tiene un chino que viene a Moscú porque es más barato que París y cuyo único objetivo es hacer fotos para demostrar a alguien a quien no le importa que, efectivamente, ha estado tal y como indica esa foto. Me despojo de clasismo: qué derecho a ello tengo yo, de familia self-made como dicen los rednecks, que vivo en el cinturón azul del Madrid nostálgico y que fui a un colegio de curas donde escaquearme de una misa me marcó con el director por los siglos de los siglos.

Aquí ya no hay comunismo, vale, lo peor es que ha dado lugar a lo más cutre del capitalismo donde todo se puede consumir. Tras el souvenir mental de ver a Lenin entre terciopelos y guardas, uno puede ir a una réplica de cantina soviética a comer una ensaladilla rusa (que sí es rusa pero tiene otro nombre) en busca de ‘lo auténtico’, sea eso lo carajo que sea. Luego puede comprarse un pin con la hoz y el martillo, un busto de Stalin, carteles de propaganda soviética y una matrioshka de Putin donde cada figurita dentro es un líder soviético más pequeño que el anterior. No pretendo dar lecciones. Digo esto porque he pecado ante la farándula bolchevique y la matrioshka es para un amigo que va a guardar la droga en la figurita de Brezhnev. Es simplemente maravilloso.

Quizás se trata de una victoria cultural. Es probable que alguien entre en contacto por el morbo y la tendencia y que luego se quede por las ideas. Quizás se trata de una banalización absoluta. En la Alemania nazi tuvieron que aprobar una ley de defensa de los símbolos nacionales cuando se dieron cuenta que los muñequitos de Hitler y las pelotas con esvásticas hacían un flaco favor a la seriedad de las aspiraciones de la raza. No sé. Lo cierto es que hoy en día uno escuece menos llagas si va con una camiseta en la que sale algún revolucionario comunista que si va con una en la que salgan Franco o Hitler. Digo, mientras me arranco los clavos de la mano que me acaban de poner aquellos que me están colocando en una cruz de madera por situar dictaduras a la misma altura.

Lo cierto es que los rusos tuvieron un cacao importante tras la caída de la URSS. No sabían qué hacer con sus significados y sus significantes. Cómo llamar al país, qué hacer con el himno, qué hacer con los cuerpos asesinados del último zar y su familia y un etcétera caldo de populismos coparon el debate nacional, libre por fin. Puede que todo esto sea lo que rezume las suturas una vez que se han dado cuenta de que no pueden dejar de ser ellos mismos a golpe de antojo o porque la realidad política y económica haya decidido abandonarlos.

Creo que su presidente, Putin, es un ejemplo de ello. No cumple los estándares de lo que se espera en la modernidad. Fue de la KGB en la RDA, ha verticalizado el poder del Estado, sesgado los medios de comunicación no afines y potenciado los propagandísticos, subyugado las instituciones bajo su persona y ha instaurado una nomenklatura de amigotes. Antes de la Unión Soviética, el pueblo ruso ya mostraba su predilección hacia los líderes autoritarios y Putin sacó lo que sacó en las últimas elecciones. ¿Qué ruptura con el pasado hay aquí? Y siento si te doy más preguntas que respuestas: ¿Acaso ir conociendo algo no es ir haciéndote preguntas que antes ni imaginabas que se pudieran plantear?

Pero no todo es viejo, bendita vanguardia. Hay un libro al que he puesto el ojo últimamente que dice que las nuevas dictaduras nacen raro. Se ha perdido la buena costumbre del golpe de Estado, de las armas evidentes. Ahora las dictaduras llegan con líderes elegidos más o menos de manera democrática que, una vez en el poder, empiezan a torcer las instituciones y a ligarlas a su persona e intereses. Me vienen nombres: Duterte, Maduro, Erdogán, Ortega… pero creo que cualquier democracia podría ser víctima ante un esfuerzo notable.

No hacen falta, de todas formas, grandes reflexiones metafísicas sobre el Estado. Anoche Blanca y yo volvíamos al hotel, enfriados por los menos 10 grados y calentados por el alcohol y la promesa de las sábanas, cuando pasamos por el puente Bólshoi y nos encontramos fotos y flores en el lugar donde fue asesinado Boris Nemtsov, en 2015. Era uno de los políticos más críticos con Putin, quería la europeización de Ucrania, y ahora hay gente vigilando el memorial constantemente porque suele ser vandalizado.

En cierta forma el balance que supone Putin en el orden mundial podría ser positivo. Aún así, se me parte el corazón cuando veo a la izquierda aplaudir su régimen por el mero hecho de que hace contraposición al imperialismo. Lo de “es un hijo de puta pero es nuestro hijo de puta” era la excusa del otro bando, y ahora se asume. Si las ansias de libertad de aquellos fueran reales, su deber moral sería el de ser opositor. Si no, las ansias son otras camufladas. Qué barato sale ir contra el sistema desde el pijoterío democrático y ponerse del lado de un régimen autoritario, corrupto, homófobo y misógino.

Creo que Blanca se debe cansar. Debe ser agotador el estar con alguien que tiene la capacidad de convertir un viaje en pareja despreocupado en un intento de descubrir lo ruso, de poner sobre el terreno lo leído, de ver la relación que tienen con su patria. A veces debe desconectar de lo que le digo. Pero al final del día, cuando las luces se apagan y no queda nada ahí fuera, cuando vacío intento abarcar lo que no se puede, alcanzar la profundidad absoluta a pesar de estar hundido dentro, la única patria y bandera que me interesan es la suya. Y, a veces, cuando todavía la pillo mirándome, creo que se lo intuye.

Desde Rusia, con amor
D.

PD: Dicen que en la Plaza Roja hay un McDonald’s. No es verdad, es peor. Junto al mausoleo de Lenin hay un centro comercial lujoso cuyos precios tienen una cantidad de números que la gente normal sólo hemos visto en la Bonoloto.

Continúa en la carta III y viene de la carta I.

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