Remitente: Moscú III

Tercera y última carta de Diego a Moro. Termina su viaje por Rusia y, ¿qué es eso del orgullo patrio?

Estimado Don José Manuel, alias Moro.

Al final, aquí he vivido más de lo que creía. Me he podido asomar a lo que subyace.

He visto a niños aprendiendo a desfilar, con sus mochilas de colores y sus uniformes del Ejército ruso, frente al museo de la Gran Guerra Patriótica, que es como llaman a la segunda mundial. He visto una pelea entre rusos, con esas patadas en la cabeza que suenan secas, en un restaurante mejicano. A Blanca la han insultado en ruso, que suena tan duro como cuando te insultan en alemán. He visto los suburbios soviéticos, feos pero que en los 60 y 70 dieron una vivienda a casi todas las familias. He visto el frío, en una meada que se congela y en los patos que duermen la siesta en un iceberg del Moscova una soleada tarde a 15 bajo cero. He visto como casi no paso el control de fronteras por un problema con mi visado, y como no me devolvían mi pasaporte, que es la mayor forma de vulnerabilidad imaginable. He visto su burocracia, la mental, en el metro, donde la gente que va y la que vuelve están separados por vallas. Y, por supuesto, he visto su metro, que sí, que está muy resultón.

Hasta he tenido tiempo para hablar de fútbol con un policía que me estaba registrando. El fútbol es el tema estrella para ganarte el favor de policías y soldados de cualquier parte del mundo. Y en eso tenemos suerte de ser españoles. Lo que nos quitó Aznar en Azores nos lo ha devuelto Messi.

– Where are you from? -me preguntó el policía del Kremlin.
– Spain
Madrid o Barcelona?
– Madrid
– Real Madrid?
– Of course
– Cristiano Ronaldo?
– Raúl

Y el señor se ríe. No llega a hacer 20 grados bajo cero y hasta nos podríamos hacer amigos.

También he visto que aquí la gente baila separada. Y he tenido la oportunidad de probar la deliciosa comida de las ex repúblicas soviéticas, especialmente Azerbaiyán y Uzbekistán, apuntando a las fotos de los menús porque aquí casi nadie habla inglés. Ves, en eso se diferencian de nosotros. Hay espacio para todos dentro de su orgullo nacional y por lo que fueron. En Rusia, un ucraniano que quiere ser ruso es una bendición estatal, geopolítica y victoria moral. En España, un ecuatoriano, descendiente de algún virreinato, que quiere celebrar como propios los goles de Sergio Ramos desde el bar de Burgos en el que trabaja es un problema de recibir ayudas, quitar trabajo, copar la sanidad, efecto llamada y pollas. Pollas bien gordas de venas marcadas. (Tengo que dejar de ver a Tarantino)

Nunca he llegado a entender ese concepto de la patria, ni la que tienen ellos ni la que tenemos en la nuestra querida. Tú sé que lo tienes claro. Antes me pasabas fotos de la puerta de su salón rota, citando a William Blake, y ahora me pasas textos de Mussolini y Ledesma Ramos. En fin, te querré igual, aunque te prefería poeta y no pensador.

Un chaval me dijo que si no estás a favor de Putin, no eres ruso. Entiendo la lucha por un país mejor, pero no capto por qué hay cosas que no se pueden dar por sentado, y a otro tema, sino que hay que evocarlas constantemente. Me confunde el defender conceptos manufacturados, el pensar que un país es un país y no un ente dinámico y cambiante a lo largo de la Historia. Me confunde que una patria se convierta en una característica que vacía a las demás (“no veo trabajadores o empresarios, veo españoles”) y me confunde el sentimiento mercenario. Un orgulloso ruso sería un perfecto orgulloso noruego si el azar así lo hubiera dispuesto, y un español sería un perfecto orgulloso guineano. Lo curioso es que un guineano sí puede ser un perfecto orgulloso español.

Todos los sábados durante tres años estuve cruzando la carretera panamericana, desde Ciudad de Panamá hasta Santa Clara, y siempre pasaba por un restaurante que lucía un cartel que ponía: “Administración y personal 100% panameños”. Todavía no tengo claro si era un reclamo publicitario o un intento deliberado de tumbar el negocio.

Pero esto ya lo hablaremos, nos queda una vida entera para no llegar a ninguna conclusión. Ahora tengo que hacer la maleta, que nos vamos.

El viaje ha estado bien y espero atesorar muchos recuerdos. Aunque con los recuerdos me pasa siempre lo mismo: intento explotarlos, usarlos, que vuelvan a mí mientras desayuno o en el último momento de lucidez antes de dormirme. Me recreo en ellos y me dispongo a avivarlos metódicamente: primero los hechos y luego las sensaciones que derivan. Pero siempre es en vano. El primer signo de desvanecimiento es cuando lo que antes era vívido ahora se manifiesta escaso, ya no se desarrolla un contexto sino que quedan un par de gestos y alguna mirada. Luego, ya no se tiene claro en qué parte del tiempo ocurrió cada cosa y ya no se distingue si lo que queda es real o es la imaginación intentando rellenar a la desesperada. Después de eso ya no hay nada, un vacío sin retorno. Ya no sumarán y no serán parte de ti, los has olvidado, y, lo peor, tú ya no serás parte de ellos. Cuando pase el tiempo, alguno volverá de forma fugaz e instantánea, como un reflejo, cuando estés en el trabajo sintiéndote un payaso con esa camisa o cuando estés tan borracho que no te reconozcas en el espejo. Y pensarás que vaya mierda.

Por cierto, ¿has escuchado lo nuevo de C. Tangana? Vaya turra le mete al Yung Beef. Lo peor es que es difícil saber si es coña o no. Todo apunta a que lo es, lo cual sería una falta de respeto a esos oyentes que intenta empoderar con su discurso neoliberal feroz. Si eres pobre, es tu culpa nene, haber aprendido a venderte.

Con amor, todavía, desde Moscú
D.

Viene de la carta I y la carta II.

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